UNA GENTIL PERSONA

Conocí a Manuel Regueiro Tenreiro allá por los años 50 en Santiago. Él era de un curso superior al mío. Éramos unos adolescentes aficionados al fútbol, simpatizantes de equipos gallegos rivales: él seguidor del Deportivo de la Coruña (el de los Luis Suárez -ya a punto de fichar por el Barcelona-, Veloso, Amancio Amaro…), y yo seguidor del Real Club Celta de Vigo (el de los Villar, Quinocho, Albino...).

Habían de pasar algunos años antes de emprender caminos distintos: él continuó algunos años más en Galicia (en Santiago, concretamente), y yo me trasladé a Salamanca para estudiar Clásicas, como se conocía entonces la especialidad de la actual Filología Clásica. Por aquellos años todavía no se había creado en la Universidad de Santiago la Licenciatura en Letras Clásicas. Sería el profesor Manuel C. Díaz y Díaz quien, tras su traslado de la Universidad de Salamanca a la de Santiago a finales de los años sesenta, consiguió la implantación de Clásicas en la Universidad de Santiago. Las Universidades de Madrid y Barcelona eran las otras alternativas. La elección de Salamanca era la salida más natural para los estudiantes gallegos.

Los años pasaron y nuestras vidas tomaron caminos diferentes. Transcurrido un tiempo, volvimos a encontrarnos en Salamanca. Aquí las coincidencias fueron más continuadas, pues el hecho de vivir en la misma ciudad facilitaba la relación. Su regreso a Galicia, una vez obtenida la Licenciatura en Filosofía, no supuso una ruptura en nuestra relación. Seguíamos viéndonos esporádicamente en Salamanca debido, sobre todo, a las raíces charras de Maite, su mujer, pues en vacaciones solían desplazarse a la capital castellana para visitar a la familia de Maite y a los amigos. Las veces que nos encontramos en la ciudad del Tormes aprovechábamos para rememorar, en animadas charlas, momentos vividos con anterioridad tomando como centro de conversación, nunca cruel -nada era más ajeno a la exquisita, aunque irónica, manera de ser de Manolo-, a determinados profesores e intercambiábamos noticias sobre las novedades habidas en nuestros respectivos destinos.

Profesor en Guijuelo (Salamanca)

Él era Profesor de Filosofía en el Instituto Ánxel Fole de Lugo, pero se hallaba atrapado ya en el mundo de la política, y yo ejercía la docencia en la Universidad Complutense de Madrid. Las pocas veces que, por una u otra razón, coincidíamos en alguna parte, nos dedicábamos a hablar de todo, de la vida personal, preferentemente. ¡Qué fácil era mantener una prolongada conversación con Manolo! Las horas se pasaban sin que nos diéramos cuenta.

Pero fue a raíz de mi traslado de Salamanca a Madrid en 1983 cuando se hizo más frecuente el contacto con Manolo, ya fuera por sus obligados viajes a Madrid, derivados de sus responsabilidades políticas, ya por otras razones, como la de despachar con el Catedrático de Filosofía de la Complutense, el también gallego Dr. D. Sergio Rábade Romeo, a quien por su reconocido prestigio en el ámbito académico y en el campo de la Filosofía acudió Manolo para que le dirigiera la Tesis Doctoral. Los viajes a Madrid, obligados por su cargo institucional, los aprovechaba para despachar con el Director de la Tesis y pedirle asesoramiento sobre cuestiones concretas. Estas contadas visitas nos brindaban la oportunidad de vernos e intercambiar noticias. Él, afable en el trato, siempre irónico, pero muy discreto, me instruía, a petición mía, de la política lingüística seguida en Galicia, tema de conversación que se hizo más presente durante la realización de su trabajo de Doctorado.

Y así, entre viaje y viaje oficial, que aprovechaba para entrevistarse con su Director y recibir observaciones y consejos del Dr. Rábade, llegó el momento de la defensa de la Tesis. Tal vez por indicación del director del trabajo, por mi especialidad en lenguas clásicas en la Facultad de Filología y por mi condición de gallego, fui propuesto para formar parte del Tribunal que debía juzgar su estudio. Acepté gustoso, ¡faltaría más!, no tanto por la relación que nos unía, cuanto porque el tema del trabajo me interesaba. Quería saber más acerca del hecho del bilingüismo y, sobre todo, quería saber qué entendía el doctorando Regueiro por eso del “bilingüismo harmónico”. La defensa de la Tesis, titulada “Identidad cultural y formas del lenguaje, constituyó un brillante acto académico en el que se juzgaba un trabajo realizado sobre la base de un amplísimo material, que Manolo supo manejar con mente aguda y analizar con un rigor y una seriedad poco comunes. Su experiencia, su preparación intelectual y su madurez lo guiaron con acierto en la fase de análisis de los datos. Las conclusiones se desprendían con naturalidad del estudio previo. El trabajo fue valorado con la calificación de Sobresaliente cum laude y constituyó la base del libro “Modelo harmónico de relación lingüística. Estudio en Galicia” (1999).

Hubo otra ocasión que sirvió para avivar nuestra relación. Fue a raíz de la propuesta que me hizo para que colaborara en un número de la “Revista Galega do Ensino”, dedicada a cuestiones educativas, con un estudio sobre la proyección de la cultura clásica en el mundo occidental, concretamente sobre los valores tradicionales que los educadores trataban de infundir en los jóvenes romanos. Acepté la propuesta que me hizo porque tenía que ver con un aspecto de la educación. Me dio algunas útiles indicaciones sobre las líneas maestras que debían guiar el estudio. Manolo estaba siempre preocupado por las competencias y los objetivos derivados de su responsabilidad política. Cuando se lo envié me hizo saber, a modo de advertencia informativa, que aparecería publicado en lengua gallega. Me pareció lógico que un trabajo propiciado por la Consellería de Educación y, dentro de ésta, por la Dirección Xeral de Política Lingüística, fuera publicado en gallego, pero de la traducción del texto original -le dije- se habían de encargar otros. Mi condición de “galegoparlante” no me capacitaba para acometer, con las suficientes garantías, la tarea de traducir a la lengua gallega un trabajo escrito en castellano. No había ningún problema, me dijo. Y así, en versión gallega, apareció publicado con el título “Valores clásicos e educación” en la mencionada “Revista Galega do Ensino” (nº 15, Abril 1997, pp. 191-204).

Tras un tiempo sin saber de él (las únicas informaciones me llegaban a través de su cuñada Mª del Carmen Rodríguez Otero -Mayka- residente en Madrid), lo reencontré, inesperadamente, con motivo del III Congreso de Estudios Latinos, que se celebró el año 2002 en Lugo (la primera parte) y en Santiago (la segunda). Un día apareció por allí Manolo. Fue un reencuentro inesperado y afortunado porque, a partir de esta fecha, no dejaríamos de mantener contacto, ya fuera por teléfono o personalmente. Con Manolo no era necesario atizar día a día la llama de la amistad. Él siempre estaba ahí, al lado del amigo, pues fue siempre gran amigo de sus amigos. Su amistad era firme y, aunque hubiera transcurrido mucho tiempo sin saber uno del otro, la amistad se mantenía viva e inquebrantable.

A partir de entonces nuestros contactos fueron siempre por teléfono. En repetidas ocasiones me pedía que, cuando hiciera algún viaje a Galicia, pasara por Lugo para vernos y, como siempre, para hablar de nuestras cosas. ¡Qué buen conversador era! Nunca accedí a sus reiteradas invitaciones a pasar por la ciudad lucense en alguno de mis anuales viajes a Santiago; le decía que me resultaba más cómoda y rápida, porque la conocía mejor, la ruta del Sur: la de Puebla de Sanabria – Orense – Santiago. ¡Cómo me arrepiento ahora de no haber pasado a verlo!

No me quedaría a gusto si en esta breve nota no mencionara alguna de las muchas cualidades que hacían de Manolo una persona entrañable y singular. Entre otras, merecen destacarse su arraigado sentido de la amistad y la lealtad; era muy amigo de sus amigos, leal y fiel a la palabra empeñada; grande era también su disposición a ayudar a todo aquel que le pedía algo, pero siempre que el solicitante lo mereciera y que la concesión no perjudicara a una tercera persona. ¿Qué decir de su enorme sencillez y cercanía, cualidades reconocidas por todos? Con todos hablaba de igual a igual -eso sí, siempre en gallego-; no le importaba la extracción social de sus interlocutores ni que carecieran de su misma formación intelectual. Sabía adaptarse a cualquier nivel social e intelectual. La palabra “discriminación”, fuera del tipo que fuera, no existía en el código de comportamiento de Manolo. Era unánimemente reconocida su sencillez en el trato, su simpatía y el optimismo con que enfocaba todas las cuestiones.

Los últimos años transcurrieron entre llamadas telefónicas para saber de él e interesarme, sobre todo, por el estado de su salud. He de confesar que, en las conversaciones telefónicas que manteníamos últimamente, era siempre él quien pronunciaba palabras de ánimo.

Había pasado bastante tiempo sin saber nada uno del otro. Un día cercano a las fechas navideñas de 2019 lo llamé para desearle que pasara unos días tranquilos de Navidad e interesarme por su salud. Cogió el teléfono Maite y, al preguntarle por Manolo, escuché las fatídicas palabras que nunca hubiera querido oír y, menos de boca de Maite, su mujer: “Juan, Manolo falleció”. Sentí que acababa de perder a un gran amigo, pero, sobre todo, a una persona ejemplar e irrepetible, una gentil persona.

¡Descansa en paz, Manolo! “Sit tibi terra levis”, como decían los latinos.