Para nuestra familia (Carlos, Pepita y Ana), conocer a Manolo Regueiro y a su familia fue -y sigue siendo- un privilegio de la vida. Eran los últimos años de la década de 1990 cuando tuvimos las primeras referencias del que entonces era director xeral de Política Lingüística en la Xunta de Galicia. Por aquellos tiempos, Regueiro había aparcado la docencia para incursionar en el mundo político, donde destacó como el artífice del conocido “bilingüismo armónico” con el que pretendía tender puentes entre el gallego y el castellano “con sentidiño”.
Un hombre de éxito profesional, para quien su familia lo era todo. Y en ese ambiente familiar es como más lo recordamos: con Maite, su compañera vital, y sus hijos, Francisco y Fernando, conformando un núcleo muy sólido y, al mismo tiempo, abierto a los familiares y amigos que transitamos por sus rincones de Lugo, Perbes o Salamanca. Siempre encontramos las puertas abiertas de su amistad y así, con el tiempo que la vida nos regaló en su compañía, pudimos ir conociendo a Regueiro, un hombre bueno. Definir a Manolo Regueiro es fácil y complejo a la vez. Su inteligencia, su gran formación humanística, su intelectualidad y grandes conocimientos encajaban con gran perfección en su personalidad afable, bondadosa y apegada a los suyos y a su tierra, desde la que aquel “neno labrego” que pasó por el Seminario llegó a lo más alto en su vida profesional y familiar. En una revolución constante, emanada de la evolución y el perfeccionamiento, la filosofía vital de Manuel Regueiro le hacía pensar en la duda como una vía de conocimiento silencioso y pacífico, que afrontaba con la misma honradez que aplicaba en su vida diaria.

Recordamos a Regueiro cada día. Y lo hacemos con la alegría de haber estado con un verdadero amigo. Compartimos experiencias que nos permitían disfrutar de la vida explorando países o degustando los placeres gastronómicos de nuestra Galicia. Y también compartimos algunos momentos en los que la vida deja de estar de fiesta y se complica. Pero siempre, “en las duras y en las maduras”, el profesor-filósofo-tecnócrata don Manuel Regueiro Tenreiro dejaba patente su bonhomía, su impronta vital y una humana sabiduría que permitía sacar lo mejor, incluso de lo peor.
Por nuestra amistad con Regueiro y su familia escribimos estas sencillas palabras. Porque nos abrió las puertas de su casa. Porque nos dejó conocerle. Porque nos brindó sabios y divertidos comentarios. Porque compartimos “cuchipandas”, pero también proyectos innovadores aplicando los recursos audiovisuales en la educación y la cultura. Pero, sobre todo, porque nos hizo sentir como su familia… Por eso, para nosotros, Manolo Regueiro siempre seguirá siendo un hombre bueno…