Hace más de una década conocí al padre de mi pareja, y no me sorprendió para nada, los genes ahí estaban.
Desde el primer momento me recibieron no con los brazos abiertos, sino más todavía, toda su alma y su corazón. Sin prejuicios, sin preguntar, sin trabas y sin tapujos. Todo sencillo, todo amabilidad y transparencia, todo lo más natural del mundo.
Al principio, por la distancia y por mi propio trabajo, no tenía mucha relación, aunque ellos siempre aprovechaban cualquier viaje o acontecimiento para acercarse, y cómo negarse si te facilitaba la relación, más adelante lo entendí.
Seguro que cualquiera ha oído hablar de las personas ángeles, yo tuve la suerte de conocer una. No pueden pensar en sí mismos, sólo dan y dan. Podía estar en pijama, ya para acostarse, pero si le llamaban del trabajo o por cualquier urgencia, era el primero que ya estaba vestido para llevarte a donde fuese sin preguntar cuánto ibas a tardar… un ejemplo de tantos miles de actos por los cuales siempre lo admiré.

Manolo y Maite en Niágara
No sólo te daba su casa, su comida o su ropa, te daba su calor y su alma, si hacía falta.
Qué decir de un sabio, y con una gran cultura del conocimiento, todo un doctor en las palabras y la escritura. Un sabio que hablaba de la misma manera con un fontanero, un agricultor o un ministro, tanto en una pescadería o en un palco, eso lo dice todo. Era un privilegio oírle hablar de sus aventuras y vivencias, de sus charlas infinitas, para él era fácil hacerte pasar una tarde agradable, tan solo escuchando. Sus historias insólitas y sus acontecimientos vividos, un privilegio.
Me abrió las puertas de su casa y de su corazón sin preguntar, solo había una condición, que es la que en mi vida más me impresionó y siempre recordaré: “Cuida y protege a mi hijo como si fuese yo”.
Tengo la gran suerte de haber conocido a un ángel de verdad, de esas pocas personas que te lo dan todo y no piden nada, sólo dan amor, calor humano y todos sus conocimientos.
Siempre estarás en nuestro corazón y te echaremos de menos.