A diferencia de vosotros, los amigos más antiguos, mi familia y yo conocimos a Manolo en el verano de 2004.
Desde el primer momento, sin reservas, nos dio muestras de lo que yo entiendo como uno de los rasgos definitorios de su personalidad: su generosidad. Era generoso, generoso con los bienes materiales, pero también (y más si cabe) con sus conocimientos, su sabiduría, sus lecturas, sus relaciones, su idioma y su familia.
Nunca dejó de compartir lo que tenía, sin darle importancia y con una sonrisa, esa que echamos tanto de menos ahora al pasar por delante de la finca.
Recuerdo ahora especialmente un domingo de primavera, hace más de quince años. El sol empezaba a tener algo de fuerza y nuestro hijo mayor estaba en el porche de nuestra casa, por salir a disfrutar de la mañana, repasando los apuntes de Filosofía de cara a un próximo examen, ya a las puertas de Selectividad. Teorizando sobre Descartes, el pobre chico lo está “dando todo” en voz alta cuando de pronto se asomó por la escalera el que aún era solo “el vecino” (no aun “nuestro Manolo”) y le dijo: “Chico, te he estado oyendo. ¿Me permites que te ayude con este tema?”.

Y a partir de ahí, ya nos “adoptó” como alumnos-agregados, pasando a ser para mis tres hijos el profesor de referencia y para los padres un “descubrimiento” intelectual impagable. ¡Cuántas lecciones de vida nos diste, Manolo! ¡Y qué bien dadas!
A nuestro hijo mediano, como dice él, “le salvaste la vida”, con lecciones veraniegas de Filosofía, pero lo más importante, dándole aplomo y seguridad. Tus enseñanzas le hicieron cambiar de actitud ante los exámenes y le dieron ánimos para estudiar la carrera en esa Salamanca que también amamos. Ahí tu dimensión de “maestro” salió a dar la talla.
En cuanto a mi hija, la pequeña, que tenía 4 años cuando nos conocimos, le trataba como “de la familia”. Cuando les oía llegar con el coche quería salir corriendo “para dar un beso a Manolo” y otras veces entraba sin dudarlo en la finca para “coger una manzana”. Desde siempre nos llamó la atención esta “confianza” con Manolo, que mantuvo con el paso de los años. Ella guarda con cariño un par de libros que él le regaló, dedicados.
A todos nos gustaban especialmente las tardes de verano para, si había “disponibilidad” (ya sabéis que uno de los “lujos” de los que disfrutaban Manolo y Maite era su extensa, compacta y maravillosa familia, cuando están todos juntos uno no se cansa de escucharlos), charlar de lo divino y lo humano, siempre mirando al mar. Me gustaban especialmente las anécdotas de “Perbes-cuando-aun-no-era-Perbes”, los nombres antiguos de las playas y ensenadas (El islote C… ahora “redenominado” Carbón para no herir sensibilidades…) y su forma de hablar gallego, la lengua de nuestros padres.
Más en su casa que en la nuestra (esa hospitalidad, siempre) hemos compartido con frecuencia veladas en las que lo fundamental (sin despreciar el condumio y el buen vino) siempre fue la compañía. Hoy añoro los momentos pasados, las conversaciones que nos quedaron pendientes, los caminos aún sin recorrer. Tus árboles siguen creciendo, la fruta madura y cae, pero nos falta la mano amiga y el consejo: Ahora ya estamos siempre un poco más solos.
Si bien es verdad que cuando conocimos a Manolo ya estábamos en la “edad adulta”, no es menos cierto que desde nuestro observatorio le hemos visto “transformarse” de manera importante. Primero pasó de ser Profesor, enseñante y trabajador incansable a Jubilado-Escribiente (¡nunca inactivo!). Posteriormente pudo celebrar (con gran ilusión) el matrimonio de un hijo, alcanzando el “status” de Suegro (ese al que de momento algunos no hemos llegado), y un poco más adelante pudo comprobar cómo la familia crece, y vivir la ilusión de ser abuelo. Nos consta cuánto quería a su nieto, y después a las gemelas, unos niños que llenaban la finca de alegría. Creo que los afectos familiares dibujan perfectamente a las personas: querer y ser querido. Su esposa me había comentado muchas veces que Manolo daba por sus hijos “hasta la camisa”.

Familia Álvarez Salvadó
La enfermedad le atacó cuando menos lo esperábamos. Presentó batalla como los grandes. Siempre con el apoyo incondicional e inconmensurable de su esposa, el amor de su vida.
En nuestra última visita, Manolo, me prometiste que en cuanto te recuperaras “un poquito” harías que te llevaran a Perbes para tomar el sol mirando al mar. Era a principios de mayo, y pese a estar encamado estabas escribiendo un artículo y releyendo a Platón. Cada vez, me dijiste, descubrías en ese gran clásico matices nuevos.
Tu corazón generoso, más que nunca en esa situación, te hizo recordar mientras hablábamos a un amigo en difícil situación económica y me estuviste insistiendo para que lo apoyara en lo posible. Siempre los demás, nunca pediste nada para ti.
Ha pasado casi un año desde que nos dejaste, Manolo. Esa última cita ya no la pudimos tener. Estoy seguro de que estas ocupando tu sitio entre los buenos. Nos quedan tus libros, tu familia y el recuerdo de tu sonrisa y tu mirada limpia.