UN SER HUMANO QUE AÚN LLENA ESPACIOS Y MEMORIA

Il arriva chez nous un dimanche de novembre 189… Je continue à dire «chez nous», bien que la maison ne nous appartienne plus. Le grand Meaulnes

Llegué al Instituto de Bachillerato Juan Montes de Lugo una mañana soleada de noviembre de 1977. Buen augurio, según pronosticó Luis Alonso Girgado, director del centro en aquel momento, viendo el rayo de sol que se filtraba por la ventana e intentando animarme. Y el augurio se cumplió. Porque no solo estaba Luis, mi antiguo tutor del CAP (Curso de Aptitud Pedagógica). También estaba Manuel Regueiro Tenreiro, a quien conocí precisamente ese día en su faceta de anfitrión. Con modestia y cordialidad, con un sentido hospitalario tan propio de su natural bonhomía y de su galleguismo profundo, Manolo me mostró todos los rincones de aquella que fue pronto, aunque por poco tiempo, mi “segunda casa”. Y lo fue en gran medida gracias a la presencia acogedora y protectora del nuevo compañero que se sentía aunque no estuviera físicamente.

Aún cuando parezca una “captatio benevolentiae”, no lo es. Lograr una semblanza fidedigna de cualquier persona es un reto insuperable solo con la palabra, y mucho más si se trata de Manuel Regueiro Tenreiro, una personalidad tan rica y con un nivel tan alto en la proyección sobre los demás. Como testimonio propio, solo intentaré dejar constancia de tres direcciones de su personalidad en las que el reconocimiento hacia Manuel Regueiro se hace insoslayable: como ser humano, como docente y como gestor.

Manolo, nombre por el que lo conocíamos, era un hombre cercano, familiar, afectuoso y con un gran sentido de la justicia, especialmente con los más débiles. En este punto, su lanza quijotesca estaba siempre preparada para remediar cualquier entuerto que atentara contra su profundo sentido ético, regido no sabemos si por un imperativo categórico (Immanuel Kant: uno de sus filósofos preferidos) o por un deseo de liberar de provisional o permanente esclavitud u olvido a una persona o a una colectividad. En este sentido, Manolo encarnaba el hombre rebelde de Albert Camus: alguien que dice “basta” a lo que cree intolerable y que con su protesta activa se hace solidario del que quizá no ve la esclavitud. Porque Manolo era intuitivo y lúcido para detectar todo tipo de situaciones injustas y, una vez detectadas, era resolutivo y actuaba con contundencia. Se mojaba. Sin estridencias. Con la discreción que le caracterizaba y sufriendo silenciosamente las sanciones derivadas de su actuación.

Con la misma familiaridad con que me acogió en el Juan Montes, Manolo integraba al que quedaba marginado en cualquier ámbito -por ejemplo en la conversación-, integración en que era auxiliado por su peculiar sentido del humor. Un chiste, una anécdota a veces referida a sus propias raíces, hacía más fácil la aproximación. Yo me estrené precisamente en el voto nulo, siguiendo ingenuamente sus modestas consignas en una votación en que su candidatura arrasó casi por unanimidad. Y digo casi, porque mi papeleta con el nombre de “Loliño de Perbes” -nombre que él mismo propuso con una mezcla de ironía, nostalgia, familiaridad y modestia- no fue considerada válida. Como en esa ocasión, no creo que haya llegado a comprender en otros momentos las profundas derivaciones del humor autóctono, la retranca que él cultivaba en idónea combinación con un carácter habitualmente templado y apacible.

Como se sigue de lo que antecede, una marcada seña de identidad de Manolo fue la defensa de sus orígenes gallegos. Quizá, como Adrián Solovio, el protagonista de “Arredor de sí”, de Otero Pedrayo, tuvo que salir fuera para afianzar esta identidad: desde otros mundos y retornando al suyo. Yo lo conocí ya haciendo bandera de su idioma con la praxis discreta, natural y perseverante de otras cualidades suyas. Hablaba siempre en su lengua materna -“gheada” incluida-; escribía filosofía en gallego –fue, con otros compañeros, pionero de la didáctica de aquella disciplina en el idioma que hablaba-. Su identidad gallega, su orgullo de ser gallego, resultaban auténticos: el humor; el uso habitual de la lengua propia; el amor por la familia -la que heredó y la que creó con Maite, su mujer-; el afecto por los vecinos de Perbes -referentes de vida hasta cuando la suya se extinguía- y la reivindicación de escritores o profesores gallegos olvidados. No había imposición ni impostación en su labor pionera en defensa del gallego después del período de la dictadura.Y casi 20 años antes de que fuera Director Xeral de Política Lingüística, favorecía la armonía de lenguas y culturas con su modo natural, entrañable y auténtico de ser gallego.

Poco después de llegar al Instituto donde lo conocí percibí el fuerte tirón que tenía con el alumnado. Los estudiantes de Bachillerato y COU le seguían por todas partes y le llamaban Lucas Tanner, un héroe de una serie televisiva de los años setenta, caracterizado por innovadores métodos docentes. Con curiosidad, con permanente vocación de alumna, y con deseos de aprender Filosofía -una disciplina por la que he sentido y siento especial atracción-, me colé como oyente en alguna de sus clases, como ya había hecho en el mismo centro con Luis Alonso. Con sus lecciones en el aula, sentía que los filósofos de los que hablaba eran tan cercanos como él, tan próximos como Ortega y Gasset, que examinaba la “vida problemática”. Fuera de clase, en pasillos, en el Seminario o en la cafetería del Colegio de Médicos, donde aprendí a jugar a los chinos, le consultaba a troche y moche diferentes cuestiones sobre textos y autores de la más diversa condición, y siempre obtenía de él una iluminadora respuesta para encontrar, cuando menos, un camino de búsquedas propias. En fin, a Manolo debo el conocimiento de figuras de la hermenéutica como Paul Ricoeur y Hans-Georg Gadamer -de los que yo no había oído hablar nunca- a través de los Seminarios de Filosofía que organizaba anualmente en Lugo. Su amigo Manuel Maceiras, discípulo de Paul Ricoeur e invitado a uno de aquellos Seminarios, fue la fuente directa de aquel conocimiento a comienzos de los ochenta, y desde entonces los dos filósofos han sido una continua referencia en mi labor docente e investigadora.

Quizá el permanente contacto con el pensamiento filosófico no haya sido ajeno a que los ojos de Manolo estuvieran permanentemente abiertos -literal y metafóricamente-, entre curiosos, escrutadores y sorprendidos, como un signo de lo mejor de un ser humano: un amante de la sabiduría que busca continuas vías de aprendizaje para sí y para los demás y que mantiene constante el espíritu crítico, sin renunciar a la inocencia del que descubre y encuentra por primera vez. Luego la Política autonómica se lo llevó y lo alejó por un tiempo de las aulas, pero no dejé de observar también en esta nueva fase de su vida las cualidades y las conductas que había observado con anterioridad, entre ellas, la capacidad de adelantarse a los demás en proyectos innovadores que abrían horizontes en la defensa y el reconocimiento de la lengua y la cultura gallegas. Con la discreción de siempre. En la sombra y sin hacer ruido. Prueba de ello es que su gente ha olvidado fácilmente todo lo que hizo por institucionalizar la lengua y la cultura gallega dentro de Galicia y fuera de ella, fundando lectorados de gallego en diversos países, promoviendo o favoreciendo encuentros culturales con personas relevantes de otras culturas -me viene ahora a la memoria John Rutheford y David Mackenzie-, encuentros que propiciaron la creación de tres Centros gallegos en Inglaterra e Irlanda -el de Oxford, el de Birmingham y el de Cork-, y fundando el CRPIH (Centro Ramón Piñeiro para a Investigación en Humanidades) en Santiago de Compostela, con el concurso de destacados docentes de la Universidad compostelana en el ámbito de la Lingüística y de la Literatura.

Mª Ángeles Rodríguez Fontela, na primeira fila

Ojalá algún día alguien recuerde la labor que en la docencia y en la gestión cultural y política desempeñó Manuel Regueiro, porque los que lo recordamos como persona también seremos olvidados. Ojalá alguien lo recuerde con merecido homenaje como el que él organizó y tributó un mes antes de su muerte a Antón Fraguas, en silla de ruedas, en el Instituto Lucus Augusti, donde impartió clases el homenajeado. Ojalá los que todavía ejercemos como docentes seamos capaces de interesar al alumnado en los valores humanos ligados al conocimiento y a un modo de vida coherente con nuestro mejor modo de pensar y de ser. Ojalá abandonemos nuestro cómodo asiento para luchar por esos valores por los que él luchó hasta la muerte. Difícil es olvidar, al respecto, su mesa de trabajo en el Hospital entre tubos y máquinas. Manolo será también en esto para mí, “le Grand Meaulnes”, el compañero que, sin dejar de serlo, constituyó un modelo de formación en tantos aspectos de la vida. Grande de alma y cuerpo, un ser humano que aún llena espacios y memoria en muchos de los que tuvimos la fortuna de conocerlo.

Détails oubliés, impressions anciennes nous revenaient en mémoire, tandis que lentement nous regagnions la maison, faisant à chaque pas de longues stations pour mieux échanger nos souvenirs…

Le grand Meaulnes