Ninguna buena acción quedará sin su merecido castigo.
Conocía a Manuel Regueiro desde hacía años, y lo conocía, de forma aséptica y a distancia, simplemente por ser el consorte de mi compañera de trabajo María Teresa, su mujer; pero fue en el año 2011 cuando, con motivo de la presentación de “España, democracia lowcost”, empecé a tener con Manolo, Xulio y Carlos, junto con sus respectivas parejas, una relación más estrecha, diríamos que con un cierto derecho a roce. Este magnífico grupo de amigos tenían por costumbre, por aquel entonces, reunirse la tarde de los miércoles para tomarse unos vinos en alguno de los múltiples bares que se encuentran a lo largo de la Rúa Nova lucense y, de paso, aprovechar para ponerse al día y discutir de los acontecimientos más relevantes del momento. Yo, haciendo gala de un cierto descaro, me añadí al grupo sin dar la más mínima opción a ser rechazado y así, un miércoles sí y otro también salíamos a pasear, beber, conversar y, de paso, a conocernos un poco más íntimamente. Fueron aquellos unos años que ahora, desde la perspectiva que da el paso del tiempo, añoro y creo que todos nosotros recordamos con profunda nostalgia.

María Teresa y Manolo
A mí Regueiro, como buen místico que era, siempre me pareció un ser trinitario, en el que convivían en perfecta armonía y sin contradicciones, tres naturalezas distintas, la del profesor, el personaje y la persona: Don Manuel, Manolo y Lolo, configurando un todo único, indivisible pero poliédrico, cuyo resultado final era nuestro amigo, al que unos veían más como el filósofo que aparentaba, el intelectual de rigor cartesiano, siempre informado y dispuesto a ilustrar a cuantos solicitasen su consejo académico, otros como el gallego socarrón que siempre quiso ser, experimentado en la vida y curtido en todos los enredos políticos a la sombra, y sin embargo alumbrándolo siempre, de don Manuel Fraga. Ese era el Manolo que, en el transcurso de una conversación en la que yo me quejaba de un trato injusto que había recibido por parte de la Universidad, después de escucharme detenidamente, me espetó como única respuesta: “Este es un país en el que ninguna buena acción quedará sin su merecido castigo”. Y otros, entre ellos yo, lo veíamos simplemente como lo que era: Lolo, esa persona entrañable y cercana, todo sentimiento y bondad, admirable conversador, amante de la buena tertulia entre amigos y siempre dispuesto para ayudar a quien se lo demandase en todo lo que fuese preciso.
Poco puedo decir de Don Manuel, el profesor, el escritor, el teólogo y doctor en filosofía, que ejerció su magisterio, durante sus primeros años de profesión, por tierras de Castilla, principalmente en las provincias de Soria y Salamanca, trasladándose más tarde a Galicia, pasando por Ferrol y Villalba, para acabar recalando finalmente en Lugo, donde concluyó su trayectoria educativa, aunque no académica, dado que siguió escribiendo artículos y publicando libros hasta el final de su vida. El último libro que lleva su firma y del que fue coordinador, “Os nove anos de Fraguas en Lugo”, lo presentó escasamente un mes antes de su fallecimiento.

Lembrando Fraguas no seu Ano
De Manolo, ese gallego lúcido, lleno de sentido común y de cordura, irónico y socarrón como era, conservo multitud de enseñanzas y recuerdos, recuerdos que retratan a una persona sensata y cabal que sirvió a Galicia desde una de las disciplinas más sensibles y delicadas, especialmente durante aquellos años, la política lingüística, y lo hizo como Director Xeral de Política Lingüística de la Xunta de Galicia, desempeñando el cargo entre 1989 y 2000. Desde ese cometido dio ejemplo de coherencia, moderación y tolerancia con la política lingüística de la Xunta, promoviendo y fomentando pero nunca imponiendo el uso del gallego. En un mundo como el actual, tan acostumbrado a que cada vez se impongan más los extremismos y los sectarismos, Manolo Regueiro, desde su cargo de Director Xeral de Política Lingüística, procuró representar por encima de todo la moderación, el respeto por todas las sensibilidades y, en última estancia, el imperio del sentido común, todas ellas virtudes que cotizan claramente a la baja en la vida pública española de hoy.
De esa época recuerdo el caso del hijo de un conocido mío, castellano, que pese a padecer una sordera, en su instituto se empeñaron en que tenía que estudiar gallego, porque así lo marcaba la ley (huelga explicar la dificultad que conlleva aprender un idioma para una persona sorda). Cuando la reclamación paterna llegó a manos de Manolo, éste, aun reconociendo la legalidad, absurda pero vigente, que alegaban los docentes, no tuvo el menor reparo en apoyar la reclamación paterna de exonerar a ese alumno de la obligatoriedad de estudiar gallego, amparándose en el sencillo argumento de que la Ley es sólo un instrumento para hacer Justicia y ésta el bien mayor que debemos preservar.
De Lolo, la persona, es del que conservo los más gratos recuerdos. Como ser humano era único, entrañable y de extraordinaria sensibilidad, tanto para con los más próximos como con el conjunto de la sociedad, siempre edulcorándolo todo con ese fino humor y esa retranca gallega que tanto le caracterizaban. Crítico, pero escrupulosamente respetuoso con sus semejantes, siempre podía esperarse de él una visión templada y comprensiva ante cualquier conflicto que se le plantease.
A esa bondad innata, que se vislumbraba en cuanto se le conocía mínimamente, le acompañaba siempre una gran capacidad para el sufrimiento y la resignación ante las situaciones más adversas. De ello dejó sobradas muestras a lo largo de los últimos años, durante los cuales y debido a una grave enfermedad que le obligó a pasar por varias intervenciones quirúrgicas y a sufrir repetidos períodos de hospitalización, sufrió un verdadero calvario, algo que sin duda tuvo su reflejo literario en la publicación del libro “O camiño da cruz”, que presentó en el año 2016 en colaboración con José Antonio González García. En la dedicatoria que me hizo del libro, hacía alusión a “o camiño da vida”. Meditando sobre ello podríamos decir que, en rigor, la vida del hombre transcurre entre dos únicas certezas, que a su vez son dos misterios, el de nuestro origen y el de nuestro fin. Todo lo que acontece entre ambos es sencillamente una elucubración y ese es, precisamente, el viaje a través del camino de la vida. Si algo hace verdaderamente relevante y placentero ese vagar por nuestra existencia es la grandeza de los compañeros de viaje que nos acompañan y en eso Lolo ha sido siempre un viajero de primera clase.

Como decía, si de algo dio Lolo sobradas muestras a lo largo de estos años de enfermedad fue de su capacidad casi infinita para sobrellevar el sufrimiento físico y la angustia vital que le suponía tal trance, y lo hizo siempre con una resignación, una entereza y una templanza que nunca dejaron de sorprenderme, disfrutando las treguas que le proporcionaba las acometidas de la enfermedad en cuanto los síntomas remitían mínimamente y soportando con una gran dignidad y verdadero estoicismo los episodios de recaída. En muchos de esos momentos de hospitalización casi era él quien nos daba consuelo y apoyo a los que acudíamos a visitarlo con el fin de animarlo. Fue precisamente durante los dos últimos años cuando acudí a él para pedirle, al igual que hice con Xulio Xiz, que me ayudara con la corrección del texto para la publicación del libro “Na segunda dereita”. No sólo aceptó el encargo en cuanto se lo dije sino que, además, lo hizo entusiasmado, alegando que el estar ocupado con este tipo de tareas literarias le ayudaba a olvidarse momentáneamente de los médicos y de los hospitales y, de paso, de todos sus tormentos. No sólo corrigió el texto sino que me hizo varias aportaciones que contribuyeron a mejorar sensiblemente el resultado final del mismo, que en buena parte también es obra suya.

Na Segunda Dereita
Ya, para ir concluyendo, no me gustaría terminar este texto sin hacer una breve reflexión acerca de la sociedad en la que nos ha tocado vivir, que si por algo se caracteriza y se define es por ser esencialmente inconsistente y banal, una entusiasta forjadora de mediocres en la que todos persiguen con descaro el éxito fácil e inmediato, con las cuotas mínimas de sacrificio y de esfuerzo. Es en este entorno social en el que, desde hace décadas, hemos asistido al sorprendente espectáculo de ver cómo las cosas materiales han mejorado de una forma espectacular mientras que el hombre, en lo esencial, se ha arruinado ética y moralmente. En este entorno filosófico materialista, más estimulante para hacernos caer en la desolación que para animar al entusiasmo, la presencia de seres humanos íntegros, con personalidades afirmadas sobre valores éticos y morales, educadas en la cultura del sacrificio y del esfuerzo, son absolutamente imprescindibles y representan, quizás, la única esperanza colectiva que nos queda para promover una refundación ética, cimentada en valores, de nuestra sociedad. En eso Manolo era todo un ejemplo y un verdadero maestro. Con su marcha se fue, desgraciadamente, también uno de los más auténticos “bos e xenerosos”.
En Lugo, por Pascua de Resurrección. Anno Domine MMXX.