Por el lado de la familia de la mujer de Manolo (Maite), Manolo era el único cuñado (sí que hay varias cuñadas) por lo que, quiera o no, se le otorga el título de “El Cuñado” con todo lo que conlleva dicho título en cuanto a bromas y dichos. Aunque nada más lejos del aludido y denostado título que lo que Manolo suponía para todos nosotros.
Todas nuestras memorias recuerdan a Manolo como una de las personas más cuidadosas con los sentimientos ajenos que se pueden encontrar. Ponía gran atención en no molestar, en agradar y siempre le acompañaba un cierto perfil bajo (en el argentino modo). Igual que en el resto de las facetas de su vida, dentro de nuestra familia era extremadamente generoso, nunca pedía nada y te ofrecía todo lo que tenía.

Manolo y Javier en Perbes
Desgraciadamente no tenemos muchos recuerdos de Manolo con nuestra madre (Teresa) debido a su temprano fallecimiento. Sin embargo, sus relaciones siempre fueron cordiales y cercanas dado el carácter bondadoso de ambos, y quizás el recuerdo que todos tenemos en mente y que en la familia ha quedado como frase perenne es el “dale a Manolo” que nuestra madre remarcaba cuando en la mesa poblada de familia numerosa, Manolo, con su “perfil bajo” habitual, dejaba pasar los platos y nunca presionaba para recibir su ración. Nuestra madre, atenta a todo aunque pareciese que no se fijaba en nada, sí se daba cuenta de la humildad de Manolo y se preocupaba de que recibiese una porción satisfactoria o incluso excesiva que Manolo aceptaba con complicidad, cariño y hasta con orgullo.
De lo que sí tenemos conciencia clara y en lo que estamos de acuerdo todos los miembros de la familia es en lo cuidadoso y atento que estuvo siempre Manolo con nuestro padre. Una vez que “Don Fernando”, así lo llamaba, enviudó, Maite y Manolo lo acogían en su casa de verano largas temporadas cada año y Manolo jugaba un papel relevante en su día a día. Se mostraba siempre cariñoso, colaborativo, bromista para con él, de tal manera que la estancia de Don Fernando en Perbes siempre le suponía una mejora notable en su aspecto y en su ánimo, aunque a veces los análisis clínicos demostrasen que lo habían mimado demasiado. Para todos nosotros era muy entrañable ver a Manolo cuidar de Don Fernando y con su gran habilidad interpersonal, hacerlo disfrutar y sentirse muy a gusto en cada una de las actividades diarias. Desde tomar el aperitivo en “la Mari”, buscarle partidas de dominó, acompañarle en paseos y excursiones, etc. Las actividades se sucedían a diario y casi siempre finalizaban con un agradable paseo a “El Pinar”, donde se cerraban las últimas conversaciones del día en torno a un helado “de pao”. En todas ellas, siempre se podía apreciar una interrelación agradabilísima que hacía a Don Fernando sentirse fenomenal en su segunda casa. Manolo tenía la habilidad para bromear con él hasta donde se podía sin pasar el límite, aunque, con mucha maestría, era capaz de mover dicho límite hasta presentarle a Don Fernando sus propias manías de una manera muy suave y divertida que nuestro padre aceptaba con satisfacción.
La casa de Perbes no fue solo la segunda casa de nuestro padre, sino la de todos nosotros. Todos hemos tenido la gran suerte de convivir diferentes veranos con Manolo y Maite. A pesar de ser una familia numerosa nos adoptó a todos y cada uno de nosotros. Siempre tuvimos libertad absoluta para ir y venir, y a todos la casa de Perbes nos supone unos recuerdos muy, pero que muy positivos y agradables. Para tener tan positiva experiencia no solo se necesita un buen entorno y comodidad logística, sino que es fundamental sentirse bien recibido y acogido. La pareja formada por Maite y Manolo ha sido siempre de lo más hospitalario que se puede encontrar. Hablando de Manolo, volvía a ser entrañable y conmovedor verlo interaccionar con nosotros y con nuestros hijos pequeños sin una sola queja, ni riña, ni nada desagradable para ellos. De nuevo, el cuidadoso y agradable Manolo es lo que ha quedado en nuestra memoria. Bromeaba, jugaba, educaba. Vamos, una maravilla. Es impresionante, que después de esas estancias, con niños pequeños que alteran la vida tranquila de la zona, sólo tengamos recuerdos positivos del acogimiento y comportamiento de Manolo para con toda nuestra numerosa familia. Como anécdota curiosa que refleja, de nuevo, el carácter acogedor de Manolo, debemos mencionar las múltiples visitas que siempre aparecían por aquella casa (pocas programadas y muchas repentinas) y que nunca parecían molestar a Manolo o a Maite. A veces coincidían allí personas que no se conocían entre ellas y, por supuesto, tampoco nos conocían a nosotros, pero no importaba, la atmósfera hacía que todos nos sintiésemos bien y ninguno quería abandonar la reunión.

Si nos preguntan “¿Qué le gustaba a Manolo?”, lo primero que nos viene a la cabeza es la charla, el debate con fondo donde él resaltaba por su profundidad de pensamiento (con cierto sesgo filosófico). En dichos debates llegaba, a veces, a perder el perfil bajo antes mencionado tomando posturas muy asertivas y apoyadas con gestos y entonaciones, como lo hacíamos todos los demás en la familia. Dentro de los temas que se debatían en casa, la “política” le entusiasmaba y quedaba claro que era experto en la negociación con sus adversarios de pensamiento. Sus años de Director Xeral le supusieron un esfuerzo extra en su, más o menos, encaminada vida. Esfuerzo, eso sí, realizado con gran agrado por su parte. Su desempeño en el cuidado y desarrollo del gallego lo llevaba en la sangre y esto se notaba en que su trabajo iba mezclado con su afición u objetivo, o deseo vital. Nunca una falta de respeto o presión para toda esta nuestra familia castellanoparlante.
También disfrutaba muchísimo contando historias y experiencias vividas por él. Las acompañaba con todo lujo de detalles y con una habilidad narrativa digna de un buen profesor, como era el caso, nos mantenía interesados y con ganas de seguir escuchando durante horas y horas las anécdotas de su infancia y juventud. Historias de Perbes, de las corredoiras y hasta de la “santa compaña”, contadas a medias en castellano y en gallego para darle más gracia, nos hicieron pasar ratos inolvidables.
En resumen, Manolo era de esas personas que disfrutan tanto o más amando que siendo amados. La felicidad de los demás era la suya y él gozaba si nos veía felices.