Habíamos llegado a un acuerdo, el pequeño grupo de amigos, de celebrar cada año una visita a Perbes, a la casa de Regueiro, para desde allí iniciar una vuelta por la Galicia “enxebre”, guiados por la larga experiencia de nuestro amigo sobre lugares, miradores, monumentos, y, desde luego, comedores sabrosos y acogedores.
Su saber sobre antiguos monasterios, fuentes, ríos, antiguas casas, historias de gentes, y casos y cosas de las políticas locales, parecía inagotable. La historia local revivía con anécdotas y cuentos, y poco a poco el paisaje en que nos hallábamos cobraba un espesor histórico, de años pasados y vividos por nuestro amigo en su entrega decidida a la realidad de su tierra, de su lengua y de sus gentes. Al volver sentíamos nuestras alforjas más llenas de conocimientos -y también de fruta sabrosa de los frutales de su jardín, cogida por nosotros mismos mientras, de tanto en tanto, contemplábamos la playa cercana-.
Luego vino la larga enfermedad, y la continua inquietud que ésta nos producía.
Hubo que cambiar el destino de la visita, de Perbes a Lugo, pero aún pudimos tener algunos paseos por las murallas de la ciudad, con historias y descansos. En uno de esos encuentros nos sorprendió con un relato de recuerdos vividos por él en una agravación de su dolencia, en que imaginó -vivió, soñó…- encontrarse dialogando con Caronte, “el fúnebre barquero”, junto a su barca, mientras éste le negaba el acceso a la misma. No era su día, era día de fiesta -como en la realidad había sido en la ciudad de Lugo aquella misma jornada- y había de quedar el viaje para otro día.
Los días estaban sin duda contados. Nuestro amigo quería aprovecharlos.
Poco tiempo después nos llegó una de sus últimas ocupaciones: Había dedicado muchas horas de las pocas que le quedaban a editar y comentar palabras de una notable figura de la cultura y el mundo de Galicia, el profesor Filgueira Valverde, a propósito del Estatuto gallego aprobado, pero no implantado, en 1936 (“As razóns do galeguismo autonomista. Xosé Fernando Filgueira Valverde”, estudio de Manuel Regueiro Tenreiro y Fernando Regueiro Pérez). Como nos decía en la breve y cariñosa dedicatoria, nos mandaba “esta obrita posterior a la visita a Caronte”, seguro de que nos iba a interesar. Tenía razón.

Presentación en Santiago (Pazo de San Roque) do traballo sobre Filgueira
Regueiro había pasado algún tiempo con un hijo suyo comentando ese notable documento sobre “galleguismo autonomista”, que rezuma pasión por la tierra y sentido político, y que lleva inevitablemente unidos una serie de detalles y ecos del momento en que el discurso fue leído ante los micrófonos de Radio Lugo (EAJ-68), sólo unos días antes de que saltara por los aires el régimen de la II República, con la sublevación militar que terminó por destruirla.
Pensé, al recibirlo, que el documento tenía un evidente valor de símbolo. Nuestro amigo llevaba, de algún modo, en el corazón, las páginas de aquel discurso, páginas que al parecer encontró entre los documentos inéditos de Filgueira, y que debieron reavivar su pasión por Galicia, su política y sus valores humanos, en unas horas que eran ya terminales para su propia biografía.
La figura de José Filgueira Valverde (1906-1996) tiene ya su lugar propio, el año 2015, en la lista creciente de autores homenajeados en el Día das Letras Galegas, como pilares firmes de un mundo cultural con personalidad propia e inconfundible.
Filgueira ha sido un hombre con una admirable obra, tanto en el campo de las humanidades -la literatura épica, los trovadores, las cantigas, la toponimia gallega y tantas cosas más- como en el de la historia, o su gran labor desde la dirección del Museo de Pontevedra, cuidado y atendido hasta hacer de él un lugar inolvidable para cuantos lo visitamos.
Pero además fue una persona que, como Regueiro, vivió también con sentido personal la vida política de su tierra. Cuando se produjo el golpe de estado de Primo de Rivera, que implantó la dictadura (1923) y dejó herida de muerte la democracia del reinado de Alfonso XIII, algunos nombres que hoy son ya parte de la historia de Galicia -Alfonso R. Castelao, Vicente Risco, Ramón Otero Pedrayo, y el más joven José Fernando Filgueira Valverde- fundaron el Seminario de Estudos Galegos, dirigiendo este último la sección de historia de la literatura. Ya en 1916 habían aparecido las “Irmandades da Fala”, y comenzaba a despertar el sentido mismo de las raíces del galleguismo. Un gran profesor y psicólogo, Juan Vicente Viqueira (1886-1924), muerto bastantes años antes, había llamado a todos a volver al cultivo de su lengua: “¡Galegos, amade a vosa lingua, porque ela é un rico tesouro oculto!” (en “Ensayos y Poesías”, 1930). Los nuevos aires se hicieron más intensos con la caída de la monarquía y la llegada de la República en 1931. Se quería, dice Regueiro, “sacar a España do letargo, do caciquismo e dos confesionarios”. Y en ese nuevo espíritu se encendieron, también, los afanes de autonomía y recuperación de lenguas y tradiciones vernáculas, especialmente allá donde había una lengua propia que cultivar.

Conferencia de Soledad Ortega, no Centenario de Ortega y Gasset
En su comentario al discurso de Filgueira nuestro amigo desmenuza con buen pulso las alianzas y los enfrentamientos por los que fue avanzando el proyecto galleguista del Estatuto, el contexto general de la II República, los avances de la violencia en aquella sociedad disgregada y, al tiempo, los pasos del intelectual pontevedrés hacia una posición civilizada de derecha liberal católica, que fueron haciendo más difícil su posición. La conferencia radiada que aquí se comenta dejó muy clara su afirmación y fidelidad al autonomismo por el que había trabajado desde su juventud: “Así, sereamente votaremos ese Estatuto que consagra a Galicia como un pobo autónomo dentro do concerto dos pobos hispánicos e considera galegos a tódolos veciños de Galicia, veñan de donde veñan, e mantén a oficialidade do castelán a par do galego”. Y añadirá: “Si votamos o Estatuto é pois porque queremos continuar a historia de Galicia”.
Llegados aquí, me pregunto: ¿No habrá querido nuestro amigo decirnos, y decirse a sí mismo, con palabras de otro tiempo, su más hondo sentir sobre su tierra y su mundo? ¿No era éste su mismo pensar y sentir sobre los temas de nuestro tiempo? Y, en su visita a Caronte, ¿no habrá experimentado un vivo deseo de dejar dicho su propio pensamiento? ¿No está ahí su propia lección y su propia despedida? No sé, no sé, pero no puedo leer estas páginas sin oírlas con la voz personal de nuestro amigo, cuya definitiva ausencia tanto siento.