LEMBRANZAS DE UNA AMISTAD

 

Gracias a la amistad los ausentes están presentes, los débiles tienen fuerza y,  lo que resulta más difícil de decir, los muertos viven. (Cicerón, De amicitia, 23)

El día uno de junio del pasado año tuve el triste honor de presidir las exequias de mi amigo Manolo, fallecido dos días antes. Me acompañaban el común amigo Segundo, deán de la catedral de Santiago, el canónigo D. Salvador Domato, condiscípulo del finado en sus años de seminario compostelano, y el párroco de Perbes. En la pequeña iglesia la familia y un grupo de amigos, tristes pero serenos, despedimos desde la fe a D. Manuel Regueiro Tenreiro. Sabía de sobra que había sido una persona con un notable relieve social, como supongo que se haría patente en el funeral que días después tendría lugar en su parroquia de San Antonio de Lugo, pero para mí en aquel momento era el esposo de Maite, el padre de Francisco y Fernando y el amigo Manolo, el que había querido y tratado de ser un buen cristiano. Depositamos sus cenizas en el nicho familiar, junto a sus padres y cerca de quien fuera su jefe en un período de su vida, e incluso su amigo, concediendo a esta palabra el sentido peculiar que para D. Manuel Fraga pudiera tener.

Durante las cuatro horas largas empleadas en cubrir los 396 kilómetros que separan o acercan a Zamora y Perbes tuve tiempo de recordar, en el sentido más etimológico del término, los largos años de amistad con la persona a quien iba a enterrar y de quien me había despedido pocos días antes haciendo casi la misma ruta. Todo lo vivido en nuestra larga relación adquiría ahora un sentido especial. El camino de vuelta, tras las despedidas de la familia, fue lento, ya no había una hora a la que llegar, y con sentimientos dispares: por una parte con la satisfacción de un deber cumplido, y por otra con una sensación de inmensa tristeza y de vacío, había desaparecido la razón para volver a Perbes o a Lugo.

En Astano, verano de 1964

En mis recuerdos del viaje de ida, como en un túnel del tiempo, regresé hasta el año 1962, cuando Regueiro (así lo llamábamos entonces) llegó a Salamanca para comenzar los estudios de teología. Por entonces había un numeroso grupo de gallegos en el Colegio Mayor San Carlos Borromeo estudiando filosofía o teología como preparación al sacerdocio, y en ese grupo encontré yo mis mejores amigos salmantinos, entre los que sin duda se distinguieron dos, Manolo uno de ellos. En este grupo surgió mi atracción y afecto por Galicia, donde jamás antes había estado y que ahora ya he recorrido en buena parte. Con ellos aprendí a “falar” la lengua de Rosalía, cuyas obras completas compré y leí por entonces, y con ellos también aprendí y canté muchas canciones del folclore gallego. Manolo era un muchacho serio, callado, enormemente responsable y trabajador y no disimulaba la morriña de su “terra nai”. No era fácil a la comunicación en un primer momento, pero superada esa barrera la relación con él era entrañable y de una fidelidad asegurada, era además persona de una gran honradez y bondad.

En el verano de 1964 pude cumplir mis deseos de pisar suelo gallego y puedo decir que no me defraudó, comprendí la morriña de quienes pasaban varios meses alejados del verdor o del mar. Tras unos días en Santiago, una calurosa tarde del mes de agosto arribé al apeadero de Perbes donde Manolo me estaba esperando. Perbes era entonces una aldea de casas dispersas enclavadas en pequeños campos, con el mar a sus pies pero con sus playas vacías y junto a ellas el único chalet, de D. Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo. Quedé sorprendido por el contraste entre aquella forma de población y la de mi pueblo zamorano. Charlando y sin prisa subimos una larga cuesta hasta su casa. La casa era grande, hermosa, me pareció una de las mejores del pueblo, situada en una amplia “leira” con árboles y pequeñas parcelas de diversos cultivos que su madre, la señora Josefa, que hablaba siempre en gallego, cultivaba con esmero y esfuerzo. Muy bien acogido en la familia, formada entonces por la madre, Manolo y su hermano pequeño Luis, pasé tres o cuatro días inolvidables. Como buenos seminaristas asistíamos a misa cada mañana con don Xosé, un cura mayor y un tanto desaliñado, y el resto del día lo dedicábamos a conocer la zona: Miño, Puentedeume, El Ferrol “del Caudillo”… Especial impresión me causaron los astilleros de Astano, en Perlío, en los que entonces se estaba construyendo un petrolero gigante, el Artemision, y donde subimos a un barco no muy grande, pero que a mí me pareció enorme.

Finalizada la licenciatura, yo volví a mi diócesis, donde me ordené de presbítero en 1966 y él siguió estudiando filosofía, residiendo como huésped, una especie de hijo, en una casa de la Cuesta de la Raqueta, a cargo de un matrimonio mayor. Allí lo visité algunas veces. Su primer trabajo lo tuvo como profesor de filosofía en el Instituto de Enseñanza Media de San Esteban de Gormaz, un pueblo soriano a orillas del Duero, solitario y de clima extremo, especialmente frío en invierno, donde la añoranza de su Galicia e incluso de Salamanca puso a prueba su fortaleza anímica. Pocos años después, con el objetivo de realizar estudios civiles, yo volví a Salamanca, donde él también ya estaba instalado. Por aquella época celebré su matrimonio en un soleado día de diciembre a la sombra de la bellísima Inmaculada de Ribera en la parroquia de La Purísima, un templo italiano plantado en España.

La “saudade da súa terriña” fue siempre un sentimiento que nunca abandonó el espíritu de nuestro homenajeado, y supongo que ese fue el motivo más fuerte a la hora de tomar la decisión de cambiar el rumbo de su vida hacia su verde Galicia, y con él el de su familia. Creo que es justo incluir en el homenaje a Manolo una mención calurosa y merecida a su esposa Maite, en quien siempre encontró apoyo, ánimo y hasta seguridad. Ella, desde su independencia y su propia personalidad, supo estar a su lado formando una sólida unidad en la que ambos, tan diferentes, se complementaban en una rica simbiosis. El papel de Maite adquirió especial relevancia en la larga enfermedad en la que él fue casi totalmente dependiente de ella, y ella se dedicó plenamente a él. Fue su enfermera, su psicóloga, su bastón, su compañía… derrochó paciencia, fortaleza y, lo que está animándolo todo, cariño. “¿Qué sería de mí -me confesó en uno de nuestros encuentros- sin esta mujer?”. Durante todos estos años nuestra relación fue escasa, como suele suceder cuando se vive lejos y cada uno tiene su vida y sus tareas, se redujo a algunas llamadas telefónicas y alguna visita esporádica de paso a otro lugar. La época en la que estuvimos menos comunicados fue sin duda la de su etapa política, con la excepción de la celebración de sus Bodas de Plata matrimoniales, que presidí yo también en la misma parroquia salmantina de La Purísima. Fue de nuevo un encuentro cordial con ellos y sus respectivas familias.

José Taboada Castiñeiras, Agustín Montalvo y Manuel Regueiro

Es a raíz de su enfermedad cuando nuestra amistad recobró una visibilidad y una cercanía temporalmente casi sumergidas. Las conversaciones telefónicas, a veces de larga duración, se hicieron continuas, y los visité en varias ocasiones en su casa, en el hospital o en Perbes, no en tantas como él hubiera deseado. “Vente a pasar unos días con nosotros”, me decía a veces, “¿cuándo vas a venir?”, “tú no me necesitas a mí, pero yo te necesito a ti”. Alguna vez, de camino hacia Salamanca en el largo paréntesis tras la primera operación, él y Maite entraron por Zamora y compartimos una grata comida. En una de mis visitas fuimos hasta Santiago y, gracias a nuestro común amigo el deán, celebramos la Eucaristía en la cripta, él y yo solos junto a la urna del Apóstol. Estaba emocionado, en la homilía compartimos a media voz vivencias y creencias. Visitamos al Sr. Arzobispo, amigo mío desde hace años cuando ambos compartimos tarea pastoral, y también relacionado con Manolo en la época en la que éste fue profesor de filosofía en el Instituto Teológico Compostelano. Comimos juntos amigablemente con Segundo y a la vuelta entramos a visitar el monasterio de Sobrado dos Monxes, que yo no conocía. Llegó a casa radiante, sin acusar cansancio alguno a pesar del trajín del día y de su estado de debilidad. En otra ocasión desde Perbes me llevó a visitar el monasterio de Monfero, que yo desconocía. Poder mostrar aquella zona del Eume, que él tan bien conocía desde niño, le llenaba de satisfacción.

La última vez que lo visité fue una semana antes de su muerte, se encontraba en casa y en cuidados paliativos domiciliarios. Sentí que era la despedida. Me contó cómo a pesar de su estado había participado pocos días antes y en silla de ruedas en un homenaje al profesor Fraguas, y me regaló el libro, aún tenía en el salón de su casa unos cuadros relacionados con el evento. Hablamos mucho, conocía perfectamente su situación y aún hacía proyectos, siempre con la condición “si vivo”, “vente a pasar unos días conmigo este verano, si vivo”. Me confesó que rezaba el rosario por las noches y que le daba mucha paz, me pidió que le escribiera los misterios luminosos (una novedad introducida por el papa Juan Pablo II), porque no los sabía, y así lo hice. Se sentía tranquilo y sin miedo a la muerte, estaba preparado sin duda, toda su vida y en especial su larga y dura enfermedad habían sido una pre­pa­ración inconsciente rematada por el sacramento de la Unción de enfermos. Fue para mí un día triste, pero intenso. Su entierro fue el final de una etapa en la amistad, pero ésta no ha terminado porque continúa en el recuerdo y la oración.

Amigo Manolo, descansa en Paz.