“Cris, te presento a mi padre Manolo y a mi madre Maite”. Conocía ese día, hace 15 años, a los padres del que hoy es mi marido Francisco, en Sada, cerca de Perbes. Había organizado Fran esa comida para que nos conociéramos, y no sabría decir lo que comimos, pero sí recuerdo que la conversación fue muy distendida y me sentí como si les conociera desde hace años. La primera impresión que tuve de Manolo no fue nada desencaminada: Tras ese hombre alto, con presencia y grandes manos, se encontraba una gran persona.
Durante los cinco primeros años de mi relación con Fran los encuentros con sus padres fueron cada vez más frecuentes. Tras la primera comida en Sada hubo más comidas de cumpleaños, vacaciones, estancias en algún que otro balneario, visitas a las respectivas casas… y con eso la relación se fue haciendo cada vez más cercana.
El noviazgo fue avanzando, y eso nos llevó a planificar nuestra boda para el 20 de marzo de 2010. Previo a ese día, organizamos un par de reuniones con los padres de ambos para que se conocieran antes del gran día. Para nuestra sorpresa, de esos primeros encuentros surgió una fuerte amistad más allá de su relación como consuegros.

Nun parladoiro, en Portugal
El día de la boda llegó, y recuerdo a Manolo todo orgulloso y feliz. Le vi disfrutar del día, y hablar largo y tendido con el que años más tarde él denominaría “su hermano”: mi padre.
Mi padre, como bien dice él mismo, no se caracteriza por ser un ser sociable, pero Manolo supo llegar a él. Porque él tenía esa capacidad de acercarse a la gente con toda naturalidad, por el interés de conocer cómo era cada uno. Compartieron muchas horas de charlas, viajes, recuerdos, ¡y la experiencia de ser abuelos!
De los tres hijos que Fran y yo hemos tenido, David ha tenido la gran suerte de conocer durante 6 años a su abuelo Manolo. Es difícil transmitir la huella que en él ha dejado. Ha pasado un año escaso de su muerte y David aún muchos días se acuerda de él, y se pregunta llorando por qué se tuvo que ir tan pronto. “Maldito cáncer”, dice.

David, Cristina, Maite y Manolo
Tiene en su habitación la colección de coches que Manolo le regaló, y no deja que nadie los toque porque ¡se los regaló el abuelo!. Me comenta que estudia y se esfuerza en el cole porque se lo prometió al abuelo y no quiere fallarle. Tiene en su pared colgado un dibujo que hizo el mismo día que Manolo falleció y ¡no piensa quitarlo!, porque dice que tenerlo en la pared es como tener a su abuelo todavía presente.
Me doy cuenta ahora de que Manolo cumplió su objetivo de ser amigo de su nieto. Recuerdo las regañinas que le echaba cada vez que venían a vernos y le regalaba un juguete. Me decía que cuando él ya no estuviera aquí, quería que su nieto se acordara de él… Y lo consiguió con creces.
Es curioso, pero hoy en día me acuerdo en muchas ocasiones de él por detalles que en su momento no entendía. “¿Por qué se levanta a las 6 de la mañana a prepararnos el desayuno?”, me preguntaba… Y hoy es el día en que me levanto, veo la mesa vacía y la cafetera sin poner, y le recuerdo a él yendo y viniendo con su bata y sus zapatillas, y su paso lento, preparándonos el desayuno.
Un día, cuando ya estaba muy avanzada la enfermedad y teníamos que ayudarle a andar, recuerdo que le di un abrazo para permitirle mantenerse en pie en el salón, mientras su hijo Fernando iba a por una chaqueta para él. Manolo respondió con un “Gracias, nuerita”, mientras me apretaba más fuerte. Recuerdo ese abrazo con mucho cariño, como nuestra despedida.
Como le digo a David cuando le recuerda y se pone triste, no tenemos que ponernos tristes porque ya no esté, sino contentos por tener la suerte de haber compartido con él estos años de nuestra vida. Somos unos afortunados.
Le recordamos con mucho cariño su nuera, nietos y “hermano”.
