Hay personas que entran en nuestras vidas por la puerta grande, por merecimiento propio. En poco tiempo llegan a ocupar el sitio que reservamos solamente para los amigos, aquellos de los que dice la Biblia que quien los encuentra halla un tesoro. Se trata de sujetos dotados de habilidades sociales, con capacidad suficiente para la empatía con los semejantes, que son idóneos para superar las diferencias. Manolo era una de esas personas. Nos veíamos poco, una o dos veces al año, pero enseguida conectábamos. Tanto mi mujer, María José, como la suya, Mari Tere, compañera y amiga entrañable de carrera, mantenían también afinidad para compartir vivencias del pasado en una Salamanca a la que queríamos y queremos a rabiar, y a la que estábamos y estamos unidos, unos por nacencia y otros por vecindad.
Si tuviera que definir a Manolo diría que era un hombre nacido para el diálogo y el acuerdo, buscador de consensos. Nunca perdía la compostura, siempre escudriñaba la forma de compartir y evitar la confrontación. Aún siendo su forma de pensar y su ideología diferente a la tuya, era capaz de encontrar las cosas que le unían al que tenía enfrente. Conocedor como pocos de las debilidades humanas, era comprensivo hasta la saciedad con las posturas y razonamientos de los demás. En mi caso nunca tuve problemas para mantener viva nuestra amistad. Militamos en lugares distintos, pero coincidíamos en muchas más cosas de las que divergíamos.
Era un hombre culto, sabedor de los entresijos de la vida, fiel a sus amigos y amante de su familia, donde encontraba refugio cada vez que las cosas del exterior se desbordaban. Generoso hasta límites insospechados, entregaba su saber a los demás sin buscar rédito económico, político o social alguno. Un hombre nacido y criado para y por la cultura y la educación. Desde sus responsabilidades al frente de la política lingüística gallega, supo enfrentar con éxito el conocimiento de una lengua, el gallego, que gracias entre otros a él está en auge, tanto hablado como en la producción literaria.
Pero el Manolo que me viene a la memoria con más viveza es el de aquel director del Instituto de Guijuelo, que desde aquel pueblo dinámico supo inocular una educación de calidad en unos tiempos en los que en España los éxitos educativos dejaban mucho que desear.
Creyente maduro, supo ver con antelación los problemas que se le avecinaban a la Iglesia. Para dar solución a los mismos, apostaba por la modernización de sus estructuras arcaicas y por dar mayor visibilidad a la mujer, que sigue relegada a un segundo plano en todas y cada una de las funciones eclesiales. Colaboró en la formación de sacerdotes en la archidiócesis de Santiago, con éxito y excelente acogida tanto por parte de los seminaristas como de la jerarquía. Preparaba sus intervenciones con esmero, dedicando todo el tiempo del que disponía al jubilarse.
Recuerdo con gran agrado los paseos y conversaciones mantenidas con él, y me embarga una doble sensación. La consabida de duelo, propia de la pérdida del amigo y que poco podemos hacer para superarla más que soportar la ausencia, y la paz que respiraba en todas sus acciones. Ese remanso de calma le hace estar más vivo que nunca, porque al morir dejamos nuestra semilla para las generaciones venideras y Manolo ha dejado cosecha abundante.
Para entender la personalidad de Manolo hay que ir a una de sus fuentes, su mujer Mari Tere, que ejerció con su marido dos funciones al unísono, como compañera y como madre. Médico anestesista, Mari Tere aplicaba en casa la terapia que con atino realizaba en el hospital de Lugo. Los hijos de ambos completaron la familia nuclear unida que los padres supieron inculcar en todo momento.
La sociedad agresiva que nos ha tocado vivir se defiende de todos los males que ha engendrado aportando de vez en cuando personas como Manolo que son ejemplo a seguir para cuantos le conocimos y gozamos de su amistad. Con ese recuerdo me quedo, y es el que me sirve de consuelo para superar la pérdida de un amigo al que mis palabras no son capaces de hacer justicia para valorar su buen pasar por la vida.