Sin urgir las analogías, no va desatinada la opinión que concibe la memoria, no como una función del cerebro, sino como representación de la trascendencia del espíritu sobre el cuerpo, elevando el recuerdo a supervivencia de imágenes pasadas. Por eso nuestro mundo se resiste a ser clausurado por fronteras unívocas. Con tales sensaciones retomo la memoria de nuestro entrañable amigo Manolo Regueiro, con agradecido afecto, en debida correspondencia al don de su proximidad. Esa fue nuestra fortuna compartida, más allá del ineluctable giro de las vicisitudes personales, porque nuestras vidas exceden a las coacciones de la uniformidad y los hechos humanos tejen una historia con frecuencia insensata.
Su tesis doctoral sobre Amor Ruibal, dirigida por otro ilustre y querido lucense, Don Sergio Rábade Romeo, propició mi primera oportunidad para aproximarme a sus inquietudes intelectuales y pedagógicas. Tuve después la gracia de recibir su invitación para participar en las jornadas de formación del profesorado en Lugo, Santiago, Pontevedra y A Coruña. Durante aquellos años compartí la afabilidad y la serenidad de Manolo, no sólo como compañero, sino como semejante, porque semejantes son, no los que trabajan juntos, sino los que se quieren bien, los que se aprecian, estimulan y comparten iniciativas, convencidos de que nada valioso germina en los azares del solipsismo. En él se aunaba la seriedad reposada con su trato diáfano y entrañable, rasgos evidentes reconocibles en toda su trayectoria biográfica.
Con él colaboré en el permanente empeño por fomentar y cultivar nuestra vocación de maestros, cuya excelencia guarda estrecha dependencia de la formación permanente, convictos de una evidencia: el buen maestro no puede dejar de aprender ni un solo día. Contra los diagnósticos generales demasiado condescendientes, la tarea docente, pensaba Manolo, es incompatible con la arrogancia autosuficiente. Y así es porque nuestro deber de maestros exige seguir estudiando, acrecentando las competencias intelectuales y pedagógicas; sólo ellas pueden sustentar el impulso vivificador de nuestros compromisos escolares. Urgiendo los recuerdos, era evidente su permanente deseo de aprender, firme en la convicción de que el buen maestro deberá ejercer, en primer lugar, como preceptor de sí mismo. En fidelidad a tal propósito, dedicó tiempos y esfuerzos a que en su ámbito de responsabilidades se actualizase la convicción socrática que adelanta una evidencia: el sabio genuino es quien reconoce sus ignorancias, rebasadas las presunciones de autocomplacencia. Ese adelanto de sinceridad exige no condescender con la manía, tan de actualidad en nuestro ambiente, del ir y venir de las críticas estériles hacia las instituciones, las normativas educativas y los vaivenes políticos, enmarañados en la no menos corrosiva insensatez de culpar a otros de nuestras propias incompetencias.
Con añoranza vuelvo ahora sobre las circunstancias en que nos conocimos, primero a raíz de su tesis doctoral, defendida en la Complutense; después a través de sus responsabilidades educativas en nuestra Galicia. Por su iniciativa participé en los afanes de grupos de compañeros motivados por una firme convicción, que él tuvo el acierto de fomentar: nuestra tarea de maestros es tanto gracia de la que disfrutamos como exigencia para seguir aprendiendo con resuelta responsabilidad. Manolo era ponderado, pausado y reflexivo, incluso dubitativo sobre el alcance de sus proyectos y previsiones, cautela que nada sustrajo a su decisión para ejecutarlos. Tal como pude apreciar con reiteración, eran perceptibles sus preocupaciones por los frágiles equilibrios profesionales con los que nos enfrentamos a diario cuantos nos dedicamos a la tarea de contribuir al enriquecimiento intelectual, moral y cívico de nuestros alumnos. No se trata de ganar o perder en la tarea, pensaba Manolo, sino de sentirnos satisfechos por acompañarlos en sus fracasos y contribuir a sus progresos.
Regueiro con John Lennon
Fiel a sí mismo, en sus diversas responsabilidades practicó asiduo la voluntad de concordia, contrario a las antinomias, atendiendo a lo obvio, a lo bueno y factible, sin dejarse ofuscar por lo óptimo. Ampliando la perspectiva, de Manolo aprendimos que nuestra identidad personal es cometido singular, pendiente de que cada cual vaya arrimando pequeñas astillas a su propia imagen, en la convicción de que cada vida es árbol de planta única, ajena a diagnósticos generales. En el empeño, no son pocos los que, prendados de sí mismos, pregonan su arrogante autosuficiencia, cual diógenes autárticos cuyo singular regocijo se cubre con el disfraz de las apariencias. Pero, prevenidos de contradicción, son también muchos los que, como Manolo, dan por cierto que el ejercicio de nuestro principio de individuación es fruto exclusivo del esfuerzo personal, callado, recatado y responsable, lejano a la ficción de quiméricas figuraciones. Convencidos de que lo banal banaliza y lo digno dignifica, la originalidad se nutre entonces de discreción y desasimiento de vanidad, actitudes de las que nuestro amigo Manolo ha dado ejemplo singular. Satisfecho con el aire saludable en el retiro de lo insustancial, su estilo y su trato rezumaban el poso cristalizado del contento por vivir a resguardo del estúpido narcisismo, ajeno a la más débil fuga de vanidad. Actitud de gozosa serenidad desde la que había ido forjando su personalidad psicológica, moral, intelectual y espiritual, interlocutor atento a su propia intimidad, esquivo a las resbaladizas apariencias.
Fue la suya sinceridad sin complacencia, embarcado en una navegación que no tuvo más puerto que hacer las cosas del mejor modo, con seriedad responsable. ¡Arriesgado sosiego, serenidad y placidez vivificadas por el rechazo bien pensado a suplicatorios de reconocimiento, liberto de todo gesto de vanagloria! Su recuerdo nos devuelve su propia imagen con las formas de la rectitud y de la juiciosa ponderación, porque nada en nuestras vidas está abandonado a la pura indeterminación.
Así he apreciado el fondo moral, psicológico y profesional de Manolo, y en esa trayectoria sitúo su personalidad y su obra. Sin afán de adoctrinar, su vida ha sido invitación afectuosa a nuestro deber de aprender, privilegio supremo de quienes saben enseñar.
Este trenzado de sentimientos no es ocasional, suscitado por la triste circunstancia de su muerte, sino que brota del fondo en el que reposa mi entrañable recuerdo de Manolo, asomado a la prolongada memoria de añoranzas y afectos compartidos.
Gracias, Manolo, por lo que hemos aprendido de ti, de tu modo de ser y hacer, por tu sincera amistad. Por el magisterio de tu bondad.