A Manolo, compañero de estudios en la juventud, colega en los años de la docencia y siempre amigo.
La amistad es comprensión y compañía, y chispa que se enciende en la mirada, es vida que se imprime en la memoria y nos libera del abismo de la nada.
Cuando un día, a primeros del mes de octubre del año 1963, recalamos Manolo y yo en Salamanca, la primera noche en el Colegio San Carlos Borromeo, coincidimos en una mesa a la hora de cenar. Entre su acento gallego y mi entonación castellana había una notable diferencia que me hizo sonreír. “¿De qué te ríes?”, preguntó Manolo. “Es que no entiendo lo que dices”, le contesté. “Y tú hablas cantando”, comentó. Este episodio lo recordaríamos pasados los años. Desde aquel lejano momento se fraguó entre nosotros una inquebrantable amistad en la que hemos ido intercambiando pensamientos y sentimientos.

Nuestras vidas siguieron, después, también caminos paralelos. Nos licenciamos en Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca en el año 1966. Me comentó en alguna ocasión que uno de sus hijos nos señalaba en la Orla de Teología y decía: “Santo Pedro, santo Manuel…”. Fueron varios años compartiendo inquietudes, apuntes y horas de estudio. Cuando terminamos Teología solicitamos la convalidación de estudios para poder cursar Filosofía y Letras. En la Pontificia podíamos obtener el Título en dos años (cursando 22 asignaturas cada año), y luego obtener la validación civil de los estudios mediante un examen ante un tribunal “mixto”. Durante dos meses me fui a vivir con él a un piso, en la cuesta del Espíritu Santo, regentado por una señora que antes de acostarse procesionaba por el salón dando besos a los santos y vírgenes que llenaban las estanterías de la casa. Éramos muy buenos estudiantes. El protagonismo correspondía a las 10 ó 12 horas que dedicábamos diariamente, festivos incluidos, a memorizar muchas cosas que después fuimos olvidando, en parte, a lo largo de los años. Manolo se ennovió con Maite, su fiel compañera y, desde entonces, también para mí una amiga entrañable.
En agosto de 1969, en periodo de vacaciones, me invitó a su casa en Perbes. Durante una semana tuve oportunidad de experimentar la amable acogida de su madre y sus hermanos. Años después le comenté que para mí fue una novedad la cena en la que su madre nos puso patatas cocidas y encima unas sardinas. Aquello me resultó, aparte de novedoso, riquísimo. En La Coruña visitamos el yate de Franco, el Azor, que muchos años después un nostálgico lo acabó “plantando” en un descampado del pueblo de Cogollos, cerca de Burgos.
En Santiago de Compostela nos sacamos (13/08/1969) en el parque una fotografía que nos hizo un fotógrafo, con montaje in situ de un cartón con el dibujo de un televisor. (A la izquierda Manolo, Pedro a la derecha y en el centro un amigo de Manolo).

Al volver de la playa de Perbes tomábamos en un bar “chopitos” (no sabía lo que eran y lo aprendí allí). Fuimos un día en una furgoneta, que solía trasportar ganado (como se deducía del olor que impregnó nuestra ropa), a las fiestas de Sada, pueblo en que años después yo veranearía en casa de mi suegro (mi hijo nació un 1 de agosto en La Coruña). También fuimos a la fiesta del globo en Betanzos, por la que años después, recordándolo en una de las visitas a Perbes, le di las gracias.
Los años de estudiantes en Salamanca significaron mucho para nosotros. Procedíamos de la situación socio-religiosa de la España posterior a la Guerra Civil, que propició una gran abundancia de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. Para muchos jóvenes españoles, nacidos en una sociedad empobrecida, con pocos medios económicos y culturales, la salida más fácil hacia la cultura y la promoción social (“hacer una carrera”) era a través de los seminarios y colegios religiosos, por lo que estas instituciones en aquella época estaban a rebosar. Tutelados en el Colegio Mayor San Carlos Borromeo, con el beneplácito de nuestros obispos, Manolo y yo pudimos estudiar en la Universidad Pontificia de Salamanca. Varios compañeros se ordenaron sacerdotes y, desde entonces, su quehacer sacerdotal no ha sido un oficio sino configuración personal para vivir la raíz bautismal que nos define como hijos de Dios y hermanos de los hombres. Algunos pudieron extraviarse, pero la mayoría ha seguido fielmente a Jesús en el caminar ministerial de su existencia. Otros comprendimos que nuestro proyecto de realización personal y de servicio a la sociedad no era el de la consagración eclesiástica, sino el de la labor y entrega a la difusión de los valores culturales desde el compromiso moral del laicado. Finalizado el Concilio Vaticano II, a partir del año 1968, aquel mundo del que habíamos formado parte, cuajado de hábitos talares, sotanas y bonetes, comenzó a desaparecer, en varios sentidos y por múltiples motivos.
Según las normas de las constituciones de los colegios seculares, unos mayores y otros menores, la vida colegial debía desarrollarse bajo la más estricta disciplina. No se toleraba la menor inobservancia. Toda la actividad en los colegios estaba orientada hacia los estudios universitarios. La jornada comenzaba con la misa. Luego, las clases de la Universidad. Por la tarde, estudiábamos hasta la hora de la cena, y en la época de exámenes el estudio se prolongaba hasta la madrugada. En aquellos años, mientras nosotros nos entreteníamos en hacer silogismos y aprender latines “teológicos” en el rigor del internado del Colegio San Carlos, los estudiantes de otras Facultades alternaban las lecciones con las aventuras amorosas, el rigor de los exámenes con los cánticos de sus estudiantinas, aprendiendo a las orillas del poético Tormes la ciencia del amor y grabando en los bancos de la universidad el nombre de sus amadas. Nuestra vida de seminaristas iba por otros derroteros. Ello no impide -y así lo solíamos comentar- que fueran años felices, los mejores de nuestra vida. En nuestros encuentros, Manolo y yo recordábamos las sesiones de cine-fórum en el salón de los jesuitas, donde aprendimos a analizar y comentar películas “de arte y ensayo”: “El séptimo sello”, “El manantial de la doncella”, “Los comulgantes”, “Ocho y medio”, de Federico Fellini… En “El año pasado en Marienbad”, dos jugadores (juego del Nim) colocan ante sí varios montones con un total de 16 fichas. Cada uno de los jugadores, en su turno, retira el número de fichas que quiera, con la condición de que estén en la misma fila (7-5-3-1). Pierde el jugador que retira la última. Me pasé un día entero jugando con Manolo y otros compañeros tratando de descubrir el posible truco o sistema para ganar. En otro pabellón del Colegio, José Juan Paz, de Huelva (“Quillo”), hizo lo mismo. Nos retamos. Me dijo: “Empieza tú”; y yo le dije: “Empieza tú”. Era la señal de que los dos habíamos descubierto cuáles eran las reglas que llevaban al triunfo.
Y los partidos de fútbol. En mayo de 1964 jugamos un partido los castellanos del Colegio San Carlos contra el resto de provincias, que conformaron un equipo que llamaron “los folklóricos”. Ganamos los castellanos 5-1. La fotografía recoge el momento en el que Manolo y Pedro, con el extremeño Ricardo Cabezas como árbitro, nos intercambiamos los banderines que habíamos confeccionado para el evento.
La fotografía es la de un equipo formado por estudiantes de Filosofía, 10-3-1967: Arcadio, Molinero, …, Trujillano (sacerdote), Pedro, Egidio, Carlos, y agachados: Arahuetes, …, Manolo, Peiró, y Abel.

En el pabellón viejo del Colegio San Carlos no había calefacción. La solución para combatir el frío eran unos braseros: un recipiente metálico redondo y de poco fondo que rellenábamos de carbón vegetal (de encina), que desprendía un calor suave y constante. El carbón encendido (cisco) lo recogíamos en unas dependencias en el ático del edifico. Decían que no había peligro de incendio. Yo no estaba muy seguro. Intoxicaciones no hubo.
Describe Quevedo en “El Buscón” y Suárez de Figueroa en “El Pasajero” que la turba estudiantil sometía a los escolares recién llegados a una serie de novatadas. En nuestra época también seguíamos las tradiciones, pero de forma muy “benévola”. Recuerdo al compañero Egidio (un curso superior, que está a mi lado en la anterior fotografía), con la bata blanca, auscultando con un fonendoscopio en la enfermería del colegio al “novato” de turno, diciéndole: “Te veo (sic) manchas en los pulmones; tienes que dejar de fumar”.
Las clases en la Universidad a veces eran pesadas y otras divertidas, pero siempre instructivas. Años después recordaríamos en nuestras conversaciones algunas anécdotas del padre García Cuervo o del padre Eugenio González, fumador de Chesterfield corto sin filtro (cuando se podía fumar en clase). Al padre Bernardino Llorca el día que tocaba explicar el pasaje del Juicio Final se le llenaba de estudiantes la clase. “A la derecha los corderos, a la izquierda los cabritos” -explicaba. Nuestro pregunta era: “Padre, cabritos eran el año pasado ¿No han crecido?”. “Entiendo lo que decís: claro, serán ya cabrones”, respondía para el regocijo de todos. Y la del padre Agapito, a cuya clase de Teología Moral asistía una monja teresiana. Faltó un día, y al padre Agapito se le ocurrió aprovechar la circunstancia para decirnos: “Hoy que no hay mujeres en clase vamos a hablar de los pecados contra el Espíritu Santo”. Sacamos la impresión de que al Espíritu Santo todo lo que nos dijo le traía sin cuidado. Un recuerdo especial nos merecían en nuestros comentarios sobre aquellos días las clases del dominico Maximiliano García Cordero, cuya vida fue generosa y, al final, triste. La dedicó completamente al estudio, con una inteligencia privilegiada, una memoria singular y un indomable espíritu de trabajo. Con él aprendimos cultura bíblica, lenguas orientales y hermenéutica (interpretación de textos). Exegéticamente, sus clases eran impecables, aunque podían discutirse sus interpretaciones teológicas. En 1970 los “vaticanistas” le marginaron, asignándole asignaturas complementarias. Cuentan que a partir de entonces se encerró en sí mismo, y solo disfrutaba leyendo las aventuras de don Quijote y Sancho Panza. En Filosofía, el padre Vicente Muñoz nos situó a los alumnos de la Pontificia en la vanguardia de los estudios de la Lógica Moderna. Manolo entabló con él gran amistad, de gallego a gallego.
Algunos días sacábamos tiempo para darnos una vuelta por la Plaza Mayor y los bares de alrededor. Nuestros vicios: el “manchado” y el pincho de patata en el bar de la Ponti; las bravas y los torreznos en Las Campanas; la tapa de croqueta con ensaladilla que nos daban en el Cervantes, los pescaditos fritos en un bar cercano a la Gran Vía, el farinato en La Covachuela o un “cóctel” de ginebra con azúcar y agua en el club Gallego. La tantas veces transitada calle de la “Rúa” tenía ese carácter de autenticidad que dejan los usos y costumbres medievales. Ahora está llena de mesas y sillas de los bares que se han apoderado de ella. Ni el empedrado, ni las cortinas o visillos de las casas, ni las tiendas de filigrana de plata y oro, las librerías, o los transeúntes de la calle… nada es lo que era.
Los andaluces nos contagiaron su afición por las corridas de toros. Las veíamos por la tele en blanco y negro en el colegio San Carlos, en las fiestas de abril y de San Isidro. Salamanca es tierra de toros y nos atrevimos a participar en una capea (primavera de 1964): Nicolás Cardiel (Cuenca), Manuel Regueiro Tenreiro (La Coruña), Pedro López Ortega (Burgos), José Lavilla Gómez (Soria), Juan García Arroyo (Badajoz).

Acabados los estudios universitarios, Manolo y yo seguimos también caminos paralelos ejerciendo como profesores de Filosofía en centros de Enseñanza Media, él en San Esteban de Gormaz, Armenteros, Guijuelo, Lugo… llegando a ejercer como Director General de Política Lingüística de la Xunta de Galicia. Yo en el Instituto de Aranda de Duero y posteriormente en Yurre (Vizcaya) y en Burgos.
Asistí a su boda en la Catedral Vieja de Salamanca y él a la mía en la Catedral de Burgos. Maite y él supieron mantener la promesa de fidelidad en el matrimonio: “hasta que la muerte nos separe”. En 2015, enterado de su enfermedad, me acerqué a Lugo con Chema, amigo común. Comimos en su casa y nos llevó en su coche a visitar el Castro de Viladonga. También me acerqué en dos ocasiones a Salamanca y dimos una vuelta por la ciudad visitando rincones inolvidables.
Manolo tenía en su mente, entre otros muchos propósitos, dos que me comentó y que no pudo realizar: Uno, venir a Burgos a visitar las cuevas de Atapuerca y el Museo de la Evolución Humana, y otro, salir conmigo a un campo de golf a jugar. Me enseñó, en una ocasión, el campo de golf de Miño y, en el verano de 2016, me acompañó al club de golf de Paderne. A la vuelta, paramos en la entrada del cementerio de Betanzos, con el siguiente texto en el frontispicio:
MANSIÓN DE LA VERDAD ES LA QUE MIRAS
NO DESOIGAS LA VOZ DEL QUE TE ADVIERTE
QUE TODO ES ILUSIÓN MENOS LA MUERTE.

En los últimos años he ido a Perbes tres veces en verano y me he alojado varios días en su casa. Salíamos a pasear por la playa conversando más en clave teológica que filosófica, recordando a los antiguos compañeros salmantinos (algunos obispos) y comentando las vivencias de aquellos años. Me admiraba ver su entereza luchando contra la enfermedad. Los tres últimos años estuvimos llamándonos casi todas las semanas por teléfono o nos comunicábamos por whatsapp o email. Se me saltan las lágrimas al recordarlo.
En una ocasión me preguntó:
- Pedro, ¿qué piensas tú acerca de lo que nos espera en el momento de traspasar la puerta que lleva al otro lado de la vida?
- Creo que la vida sigue, de una u otra manera. No sé cómo; pero yo me aferro con todas mis fuerzas a las creencias que un día me llevaron a ingresar en un Seminario. De Cristo me fío -le contesté.
- Lo comparto -me dijo.
Él sigue viviendo en mi memoria y en el corazón. Le siento al lado, sonriente, como siempre. De ahí que me cueste mucho volver a su casa de Perbes, de Lugo o de Salamanca. Sufriría al no encontrarlo. Estoy seguro de que Maite me entenderá.
En el libro que escribí sobre nuestra etapa salmantina, finalizaba diciendo: “Atrás queda una cronología sin tiempo, en la que pervive toda la experiencia habida en las aulas, en la parroquia, en el trabajo. Fuimos forjando día a día nuevos eslabones en la cadena de la vida; pero hay un momento en el que liberarse de las cosas cobra prioridad sobre adquirirlas”.
Manolo, compañero y siempre amigo, fuiste en vida un buen viajero. Sabías que todo aquí es un viento pasajero, y que a cualquier hora y en cualquier sendero, a pesar de luchar, te morirías. Al decirte adiós sentí el desgarro de una parte de mí mismo, abriéndose un hueco en el fondo del abismo que esconde los sentimientos importantes. Me quedo con tu amistad que es palabra de victoria. Tú vas delante, yo te sigo. Descansa en paz y ruega por nosotros.
