¿Cuándo y cómo homenajear a personas que hayan destacado en esta vida? Los parques románticos nos reservan, con frecuencia, sorpresas conmemorativas de héroes desconocidos, literatos insignes, próceres locales relevantes en lugares lejanos, inmensos, de América hispana. Me acerco y leo los mármoles, ya gastados, los granitos erosionados, los bronces ennegrecidos o verdosos, todos ellos de difícil lectura. Por fortuna los monumentos perviven por encima del tiempo de la memoria individual y, no pocas veces, colectiva. Muchas veces los monumentos mantienen una lucha por la sobrevivencia más dura contra la erosión ideológica que contra la climática y el envejecimiento.
Hemos convivido con memoriales. Son pruebas de un sinfín de sentimientos, de admiración, agradecimiento, orgullo, etc.
Por eso escribo ahora sobre Manuel Regueiro, porque el libro es el vehículo, como el monumento, para que perdure ordenado, a lo largo del tiempo, en una biblioteca, un sentimiento de amistad profundo, que prefiero compartir con el lector a conservarlo en esta memoria mía que el tiempo irá diluyendo implacable.
Yo no quiero que Manolo Regueiro sea un recuerdo mío que desaparecerá un día de un mes y un año impredecibles.
Un amigo común, Enrique Wulff, fue el puente para que Manolo y yo nos conociéramos. Había de ser en Galicia y en torno a dos temas en los que Manolo desplegaba prudente pasión, pero pasión, pasión. La Lengua y el Xacobeo. Corría el Año Santo de 1993.
En el ámbito de la lengua durante mi desempeño como Embajador en el Reino Unido me ayudó a establecer los programas que con apoyo suyo, sin ninguna duda, y entusiasmo de Manuel Fraga, tuvieron como objetivo preparar a profesores británicos de lengua extranjera para enseñar lengua española en los colegios del Reino Unido. Valga decir que los cursos fueron un modelo pedagógico digno de ser conservado por su eficaz metodología.
Manuel Regueiro, en aquel entonces, y siempre después, hacía de su talento y cultura el ejercicio sutil de manejar la enseñanza de la lengua castellana y la gallega.
Creo que consiguió que las dos almas nobles de ambas lenguas dialogaran armoniosamente en medio de un complejo debate político. Manolo, desde una finura de juicio de insuperable galleguidad, repartía su pasión y su magnífico criterio en todas direcciones por la avenida del bilingüismo. En todos los puestos donde he servido desde entonces he recibido la bibliografía seleccionada por Manolo.
Algo ha tenido que ver, yo creo, Santiago entre Manolo y yo.
Sí, el Camino de Santiago me condujo no solo a Santiago sino a Manolo. En algún lugar debe estar escrito, aunque no sé dónde, que eso habría de suceder.
Los paseos hasta la Catedral con mi abuela, en Oviedo, pasaban todos los domingos por la Cámara Santa y antes por el cementerio de peregrinos. Yo tenía entonces diez, once, doce años, y Santiago era un destino mítico ya a esa edad. El Camino de Santiago figuraba en los programas de dos catedráticos, historiadores, a cuyas clases asistí años más tarde: Don Ramón Prieto Bances y Don Juan Uría. Oviedo es Jacobeo y es historia jacobea. Así debió nacer mi conciencia o mi sueño de Camino, sin saber que todos los caminos conducen al mundo Xacobeo donde nos encontramos todos. No fue el azar el que me condujo hasta el Codex Calixtinus. Fue Manolo Regueiro. Me llevó hasta el Codex Calixtinus y pude tenerlo en mis manos, pasar amorosamente sus páginas, consciente de que era un ser agraciado por la fortuna de vivir unos momentos entre el mito y la realidad, sin llegar a distinguir con claridad sus fronteras.
Guardo una pequeña nota manuscrita de Manuel Regueiro. Sólo me dice “perdón por el retraso”. Pero al llamado retraso lo modulo con el conocido refrán de que “nunca es tarde si la dicha es buena”. Y lo aprecio porque el objeto de tal retraso fue el envío del “Códice Calixtino”. “Liber Sancti Iacobi en Galego” con una dedicatoria del autor, Xosé López Díaz, para que lo lea “tamén na lingua da terra do Apóstolo Santiago”, y yo le añadiría “tamén de Manuel Regueiro”. No sé por cuál de los dos motivos he cumplido con los deseos del autor.
Nuestras últimas conversaciones fueron telefónicas, cuando Manolo ya mostraba el cansancio de la dignidad que, en las personas de principios, proyecta la lucha contra la enfermedad que impone progresivamente su victoria. Cariñoso, con el lánguido carácter gaélico del tiempo cubierto por la bruma, a la espera de “una rayadina de sol”, que como a las mariposas monarca les haga abrir sus alas para iluminar un paisaje hermoso y sereno. Las llamadas de teléfono de Manolo eran eso, rayadinas de sol en el ocaso de una vida.
Creo que Manolo y yo llegamos a hacer bueno el pensamiento de Erasmo: “la verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno”.