UN HOMBRE QUE NO VIVIÓ EN VANO

Conocí a Manuel Regueiro Tenreiro, Manolo, como fue para mí siempre. Lo conocí, digo, en el campamento militar de Monte la Reina realizando el servicio militar universitario. Esta “mili” tenía también otro nombre, que no recuerdo. Allí coincidíamos estudiantes universitarios de distintas facultades y universidades, del penúltimo curso de la licenciatura el primer verano, y del último curso durante el segundo verano. Manolo procedía de la licenciatura de Filosofía y Letras de la Universidad de Salamanca, y yo de la de Medicina de la misma Universidad. Ambos teníamos otros compañeros de nuestras licenciaturas. Nuestra compañía era la “internacional”, la que estaba constituida por los excedentes de los alumnos de otras compañías, completadas con alumnos de cada universidad. Muy cerca de la nuestra estaba la compañía de gallegos y no recuerdo a Manolo mirar con morriña a esa compañía. Profundo gallego, no hacía bandera de ello.

Manolo siempre tenía buen humor y nunca se enfadaba, ni siquiera en esos momentos en los que la convivencia se hacía muy difícil, casi imposible, durante los 3 meses de cohabitación en espacios muy reducidos. Manolo hacía bromas, con la típica retranca gallega, pues el Ejército se lo puso muy fácil, por la situación que se daba por el hecho de vivir 13 varones con idéntico nombre, “Manuel”, bajo la misma lona. Yo tuve más suerte: solamente éramos 6 “Pablo” en mi recinto-dormitorio.

Los de nuestra compañía escuchábamos con envidia a los de la compañía de al lado, todos gallegos, que cantaban maravillosamente. Manolo presumía de ello, de su buen canto, pero yo creo que no anhelaba estar con ellos, pues se encontraba bien entre castellanos.

Manolo era la educación personificada: nunca una palabra malsonante, nunca una palabra más alta y siempre conciliador, sabía estar bien en todo momento y con su serenidad dominaba cualquier situación. Sobre todo destacaba su buen verbo. Quedaba muy claro cuál iba a ser su futuro. Estoy seguro de que hoy, y probablemente entonces, me hubiera podido decir de dónde procedía la palabra “chiribiquero”, asunto que nunca me planteé en aquellos meses y cuyo “porqué” ahora no he podido. En aquellos años, llamábamos “chiribiqueros” a las personas que, con carretas, carretillos y caballerías repletas de bocadillos, bebidas, chuches y chiribiquis (si es que estos eran otras delicadezas que ofertaban diferentes a todo lo anterior), seguían a los aprendices de militar por los montes donde hacíamos las prácticas. Alguien me ha dicho en estos días que realmente eran “chiribiqueras”, porque siempre, o mayoritariamente, eran mujeres las que nos abastecían. No lo recuerdo. ¡Qué lástima! Nunca hablé de esto con Manolo.

En aquellos seis meses de convivencia muy estrecha nunca le vi a Manolo una mala cara. Sabía disculpar lo que a nosotros, sus compañeros de mili, nos parecían entonces errores o cosas absurdas de aquel aprendizaje militar.

Yo creo que Manolo en aquellos últimos años de carrera ya estaba ennoviado con Mari Tere, mi compañera de promoción, más tarde la madre de sus hijos.

He tenido ocasión de encontrarme con ellos cada ciertos años en Salamanca para celebrar las reuniones de nuestra promoción de Medicina, la de Mari Tere y la mía. Manolo era asiduo acompañante y con su talante amigable era considerado uno más de la promoción. En realidad muchos ya lo habíamos incorporado a la promoción en aquellos seis meses de “mili”. Siempre feliz, siempre de acuerdo con lo que se había planificado, para él nunca sobró ni faltó nada. Mari Tere, ¡qué compañero te echaste! ¡Qué compañero nos trajiste!

Hemos paseado en alguna ocasión por Lugo, recibiendo, con acento profundamente gallego, las explicaciones sobre la maravillosa muralla romana, un lujo de muralla, decía él, y un lujo de guía, decía yo. También hemos paseado por Perbes, su pueblo natal. “¡Sí, sí, claro, pueblo!”, diría Manolo. “¡Perbes es un pueblo!”. Aquel en el que se encontró con el presidente D. Manuel, con el que creo que jugaba a las cartas. Ahora me pregunto si el talante amable y campechano se lo darían los aires de Perbes.

En su etapa castellana, en Armenteros y Guijuelo entre otros, dejó huella. Su corto paso por estos centros no impidió que desempeñara en ellos cargos de dirección, siempre dispuesto a colaborar y a darlo todo para mejorar la enseñanza. Recuerdo el día en que, durante una de esas conversaciones banales con Mari Tere, o en una no tan banal, nos anunció que nos dejaban, que se trasladaban a la Comunidad Gallega. También ella dejó huella en el Hospital Universitario de Salamanca.

De su etapa como Director General de Política Lingüística de la Xunta de Galicia sé muy poco por la distancia y por la nula relación de esa función con mi quehacer en la sanidad de Salamanca, pero no me ha llamado la atención que haya habido obcecación por la utilización del gallego por encima de intereses regionales o nacionales. Estoy seguro de que el buen talante al que ya hemos aludido, su disposición a colaborar en lo mejorable y el hecho de estar dispuesto a escuchar a todos, ha hecho de esa Dirección General un modelo de Servicio.

Mi recuerdo para Manolo Regueiro, un hombre que no vivió en vano y de cuya amistad me precio.