Lo que va quedando en nuestra retentiva de una persona con la que se ha convivido, esté viva o no, depende de muchos factores. Cuenta el curso del tiempo, que lamina las huellas del pasado más arraigadas, cuenta la duración e intensidad emocional de la relación mantenida y la misma calidad de la propia memoria, al margen de que se hayan sufrido o no lesiones neuronales o traumatismos cerebrales. El hecho es que los recuerdos, se tenga o no interés en conservarlos, caen normalmente por su propio peso en estado de “hibernación”. Pura y necesaria situación neurofisiológica, refleja e inconsciente, gracias a la cual podemos seguir trajinando en la vida normal, sabiendo o sin saber que los rescoldos de experiencia vivida quedan a buen recaudo en lo secreto de nuestro patrimonio intangible.
Esa experiencia suele salir a flote intermitentemente por caminos muy diversos, a veces imprevistos. Basta el encuentro fortuito con amigos comunes para evocar al ausente, o el hallazgo casual de un objeto o libro cuya presencia nos remite a un pasado vivido en común con la persona “olvidada”, o el ser testigo de un hecho o acto semejante al que en otro tiempo compartimos con el amigo. En el caso que nos ocupa, mi memoria de Manolo se actualizaba como por arte de magia en las estancias que él hacía en Salamanca, a veces más de una vez al año, a donde acudía no sólo por complacer a Maite, su mujer, sino atraído por la misma ciudad que le había dado en su juventud y para siempre las llaves de una profesión y el corazón de una persona.
No en balde a la orilla del Tormes conoció al amor de su vida, y tan fuerte fue el flechazo que logró lo que algunos no logran desgraciadamente por falta de amor: fundir en unidad armónica, creativa y dinámica, los destinos de dos pueblos, Galicia y Castilla, simbolizados vivamente en dos personas distintas por la lengua materna y por su origen geográfico: precisamente dos de los elementos más significativos de la trayectoria vital, profesional y política de Manolo. Pero es que, además, en el sitio exacto del “alto soto de torres” cantado por Unamuno, en la Universidad Pontificia de Salamanca recibió en 1968 la “venia docendi” que le iba a permitir ser profesor de filosofía y emprender un largo camino que le llevaría del ejercicio profesional interino en los inicios de los años 70 -comienzo casi inevitable de todo neonato licenciado- a disfrutar a finales de aquella década de una plaza en propiedad como agregado y catedrático de Instituto.
A pesar de que Manolo y yo pertenecemos a la misma generación filosófica que se formó en la Pontificia salmantina en los años 60, no me ha quedado recuerdo suyo personal de aquella época. Él terminó un año después, pero es extraño que en tan corta promoción estudiantil no hayamos coincidido. Es posible sin embargo que lo haya visto alguna vez formando parte del grupo gallego al que Manolo pertenecía por naturaleza y querencia. Era una hermandad que se hacía notar en la “Ponti”: su chispa y jolgorio llamaban la atención, y hacían bulla por turno con el gremio sevillano, mi hermandad también de naturaleza y querencia. Pero como soy muy despistado y tan flaco de memoria, sólo he retenido lo general de aquel ambiente bullicioso y juvenil; algo más me ha quedado de los compañeros con los que conviví más estrechamente en las aulas.
Conocí personalmente a Manolo a través de José Mª Rodríguez Sánchez, mi suegro, compañero suyo de claustro en el Colegio de la Inmaculada de Armenteros (Salamanca). No mantuvieron mucho tiempo la convivencia claustral, pero fue lo suficiente para que naciera entre ellos afecto y amistad. Comentaba José María en casa la calidad singular de aquel joven profesor gallego, y como yo acababa de dejar aquel colegio, donde don Juan Trujillano, el director, me había contratado para enseñar latín y francés, y siendo además antiguo alumno de la Pontificia, como Manolo, quise conocerlo. Así empezó mi trato personal con él, nunca interrumpido desde aquellos primeros años 70, por más que con inestable frecuencia, según la vida iba rodando para uno y para otro.
Instalado definitivamente Manolo en su Galicia natal, promediada ya la década de los 70, cuando venía a Salamanca “arrastrado” (es un decir) por Maite, o me llamaba por teléfono para quedar, generalmente en mi casa, o nos encontrábamos inesperadamente en la calle -vivíamos por la misma zona-. Era todo un poema verlo tranquilo, sonriendo, andar pausado, y decir mirándome con los ojos muy abiertos, con ese tonillo tan característico de su lengua: “¡Ya ves, Toño, aquí de nuevo!”. Mi cara también denunciaba la sorpresa del encuentro, y rápidamente, para intercambiar novedades, nos íbamos a un bar próximo a tomarnos una cervecita.
De conversación amena salpicada de fina ironía y de humor amable, de clara y aguda inteligencia, pasábamos un buen rato repasando la actualidad. Fundamentalmente hablábamos de la situación vivida por cada uno en su propio centro de trabajo, también del estado de la enseñanza de la filosofía en general y del poco o nulo conocimiento que se tenía de la española en los distintos niveles educativos… Y como yo estaba ya en la universidad empeñado en investigar y dar a conocer nuestra historia filosófica, le animaba a emprender la aventura de una tesis doctoral en la que echara a volar a algún filósofo gallego, más allá de las grandes figuras conocidas. No lo conseguí. Su objetivo intelectual apuntaba -mediados los 80- en otra dirección, si no opuesta a la que yo le proponía, sí más radical: el lenguaje como expresión de una cultura, partiendo del hecho concreto e histórico de Galicia.
Fue don Sergio Rábade en la Complutense quien me ganó la partida (¡qué honor ser vencido por tal señor!), y fue él en última instancia quien tomó a Manolo la medida investigadora. Con su tira y afloja, como ocurre casi siempre entre director y dirigido cuando cada uno toma en serio su papel, y con mucho fruto, como se puso de manifiesto en 1989, año en que leyó su tesis doctoral que versó sobre “Identidad cultural y formas del lenguaje”. No obstante, no fui derrotado del todo, pues por un lado formé parte del Tribunal que lo hizo doctor y, por otro, logré poco antes de aquella fecha embarcarlo en un trabajo que le fue muy útil para preparar su propia tesis.
En efecto, por los años 80, promediada ya la década, se abrió en el Seminario de Salamanca una nueva línea de trabajo dirigida a investigar sistemáticamente la historia filosófica particular de cada una de las regiones de España. Quienes formábamos parte de aquel Seminario deseábamos conocer más minuciosa y comparativamente la vida filosófica de nuestro país. Creíamos que la perspectiva regional habría de darnos al cabo un conocimiento más rico y real de esa vida: la posibilidad de captar aspectos y matices singulares, ocultos por lo general a una mirada excesivamente abarcadora y abstractiva, propia de las conocidas historias nacionales, necesarias desde luego pero insuficientes.
Emprendido el camino, fuimos descubriendo con asombro figuras, ideas, ritmos y formas de pensamiento situadas por lo general al margen de las grandes corrientes o nudos de comunicación intelectual, pero de indudable calidad y necesario tratamiento en orden a conocer concretamente la historia del terruño filosófico del que forman parte. Conocidos los primeros frutos de aquella campaña, llegamos a la conclusión de que mientras no tengamos historias regionales hechas con las garantías críticas de cualquier historia que se precie, ese terruño o paisaje humano y cultural seguirá envuelto en nebulosa para la mayoría y resultará cuando menos incomprensible a la mirada profunda y entera de la historia.
Conforme avanzaba el proyecto descubrimos en definitiva que la filosofía española es “una y diversa”, no sólo ideológica y doctrinalmente, sino expresiva, vivida y experimentada… Por un lado responde a estímulos semejantes en todo el territorio nacional -de ahí los rasgos comunes que sin duda existen-, y por otro a los estímulos y circunstancias propios de cada región -de ahí la notoria disparidad de rasgos que se aprecia-. En última instancia, la consideración regional puesta en marcha habría de suministrarnos sobre todo claves interpretativas del hecho diferencial filosófico que comparativamente se da entre unas y otras regiones. Y no sólo por el lado de la lengua (cosa fácil de ver), sino por el elenco de temas y problemas preferentemente tratados en uno u otro lugar. No hace falta decir que nuestro proyecto iba dirigido a potenciar lo común bajo el supuesto de la colaboración y a explicar y comprender las diferencias.
La iniciativa del Seminario me dio la oportunidad de comprometer de nuevo a Manolo para que estudiara el caso de Galicia, esta vez teniendo en cuenta el conjunto de su historia. Reconociendo la labor desarrollada tiempo atrás en este campo, mirando al futuro faltaban todavía algunos años -no muchos, es cierto- para que asistiéramos, a partir sobre todo de los 90, a la explosión histórico-filosófica de carácter regional en Galicia. Las empresas y obras que vieron la luz durante esa década y posteriores dan fe de ello. En esta meritoria labor de rescate filosófico colectivo, empeñada en darnos una idea más o menos completa del estado de la filosofía en Galicia, hay que recordar entre otros a Carlos Baliñas, Xosé Luis Barreiro Barreiro, Marcelino Agís Villaverde, Martín González Fernández, Andrés Torres Queiruga, Manuel Rivas García…
De esa lista, abriendo camino, figura por derecho propio Manolo Regueiro, como lo prueba su “Historia de la filosofía en Galicia (líneas programáticas)”, expuesta en 1986 y publicada a los dos años en las Actas del V Seminario de Historia de la Filosofía Española. Que yo sepa, se trata del primer intento de configurar una historia general de la filosofía en Galicia, y no de cualquier modo, sino sobre la base de criterios rigurosamente pensados. Fue en esto un auténtico precursor.
El trabajo de Manolo era modélico de lo que pretendíamos. No sólo proponía una lista de nombres, era un ensayo sobria y sintéticamente expuesto de “filosofía de la historia de la filosofía en Galicia”. Era además una reflexión válida y exportable a la historia de la filosofía española sin más, lo que lo hacía especialmente útil al mismo programa de investigación abierto en aquel Seminario. Y más teniendo en cuenta que su propuesta doctoral de “bilingüismo armónico” era santo y seña también de ese programa.
No recuerdo si hablé con él del positivo rendimiento historiográfico de su trabajo. Sólo una escueta mención nominal “in genere” en la introducción de aquellas actas fue la paga. Muy insuficiente. Por eso he deseado que mi modesta aportación al homenaje del profesor, filósofo y amigo, sea público testimonio de una justísima reparación y una llamada de atención a recoger los frutos de su trabajo.
Manolo era un gallego español y un español gallego. Parece lo mismo, pero no. Sabemos que cada adjetivo gentilicio le aportaba su parte sin detrimento de la unidad del sujeto de quien se predicaba. Fue por eso su obrar, pensar y sentir la síntesis tensamente armónica de esos apelativos, experimentada desde niño en la escuela de su pueblo, naturalmente “bilingüe”, y en las diversas circunstancias que le tocó vivir. Salió de sí en busca de la armonía sin perder natura y compostura. Así lo vi, así lo confieso.