MANOLO

Las relaciones humanas normalmente necesitan largos períodos de contacto para primeramente ser positivas, luego amigables y finalmente estrechas. Nosotros no contamos con mucho tiempo y además la distancia existente entre nuestras residencias, Lugo y Madrid, la hacía más improbable.

Aunque coincidimos en el campamento de Montelarreina haciendo las Milicias universitarias nuestro relación fue nula: el era de Filosofía y Letras por Salamanca, destinado inexorablemente a Infantería, y yo de Económicas, por lo que caí en Artillería. Tampoco nuestra procedencia nos hizo coincidir, el venía de Galicia y en Cantabria residía mi familia. No obstante, cuando finalmente nos conocimos, las milicias y sus anécdotas ocuparon un espacio relajante en nuestras charlas.

Nuestro período de relación efectiva comenzó mucho mas tarde y de forma necesariamente intensa, en 2010, cuando ya estábamos jubilados o veíamos la jubilación cercana. El motivo del contacto fue sobre todo emotivo, su hijo se casaba con mi hija en Vigo, donde ambos trabajaban y donde siguen.

Desde el primer momento en que conocimos a Maite y Manolo para planificar lo que los hijos nos dejaban planificar, quedamos admirados de su capacidad de empatía con unos desconocidos, su entrega y disposición abierta y el profundo cariño que mostraban por nuestra hija, a la que apenas podían conocer. Todas las sensaciones positivas que provocaban en los que los tratábamos por primera vez eran las mismas que luego he comprobado que sentían los amigos y conocidos desde hacía largo tiempo.

José Emilio Martínez Castañeda y Manolo

José Emilio Martínez Castañeda y Manolo

La familia común supuso un contacto relativamente frecuente desde el inicio y llegamos a considerarnos amigos aparte de consuegros casi desde el principio. Todo en Manolo nos hacía sentirnos cercanos a él, su carácter abierto y tolerante, profundamente gallego y alejado de mi sequedad castellana que él supo templar, su vasta cultura, su compresión de las mentes y su disposición a ayudar a todo el que se lo pedía. Compartía sus buenos momentos y se reservaba para sí los malos, en un ejercicio de ascesis que por pasar desapercibido era más admirable cuando te dabas cuenta de los problemas de salud que pronto comenzaron a presentársele.

De los diez años que compartimos, el período de amigos duró poco, menos de dos años, hasta el nacimiento de nuestro primer nieto. Enseguida pasó a considerarme hermano y como tal me trataba y me presentaba a sus conocidos. Para un hijo único, como es mi caso, el cambio supuso un vuelco aún mayor en nuestra relación y comenzamos a vernos con frecuencia, viajar juntos aprovechando las estancias laborales en Francia de nuestros hijos o, finalmente, solo por el placer de hacernos compañía y compartir experiencias juntos.

Recuerdo nítidamente el día en que todo lo que teníamos planificado se vino abajo de golpe. Era un domingo en el que se preparaban para ir a Vigo a disfrutar de los hijos y nieto y que terminó con su ingreso urgente en el HULA por problemas intestinales sobrevenidos, que le llevaron a la UVI y a una operación de la que salió al cabo de varias semanas con una merma importante de su fuerza física y restricciones drásticas en su alimentación. A partir de entonces se autolimitaba por el temor, infundado, de ser una rémora para los demás, y sus esfuerzos por ayudar al que podía necesitarlo aumentaron.

Persona de una religiosidad profunda, íntima y tolerante, Manolo asumió con una enorme paz interior todo lo que implicaba su situación, y se apoyó en su esposa, a la que adoraba, para recuperar lo más posible una vida normal y seguir dedicándose a sus ocupaciones. Luchaba por hacer normal una situación que era imprevisible por los continuos incidentes de salud que podían ir desde ligeros achaques a ingresos inmediatos en la UVI.

Nuestros viajes se fueron haciendo más cercanos y cortos, renunciando a ir a destinos que ya habíamos apalabrado, y la alternativa fueron las visitas a los lugares de interés artístico cercanos a nuestras residencias y finalmente a las estancias en las casas de verano en Perbes y Villaviciosa, donde charlábamos sin descanso tanto entre nosotros como con los amigos respectivos. Dado su carácter, se integró sin dificultad en el ambiente asturiano, de tal manera que a partir del momento en que lo trataron todos los que lo conocieron en Asturias, por lo primero que se interesaban era por su estado de salud.

 

Sus últimos cinco años supusieron una aceleración evidente de su actividad y afectos. Por una parte, la familia aumentó con dos nietas, más por lo que no perdía momento de estar con los hijos y nietos, lo que en muchos casos le costaba hacer unos desplazamientos a Vigo que eran progresivamente más penosos pero de los que volvía claramente más optimista y feliz.

Por otra parte notaba que íntimamente necesitaba culminar los estudios que venía realizando desde hacía años y para los que presagiaba que le iba a faltar tiempo. Su actividad intelectual en los últimos años fue acelerada y multidisciplinar. Consiguió terminar algunos de los trabajos que tenía pendientes aunque estoy convencido de que hubiese seguido investigando de contar con más tiempo.

En su último mes pudimos estar juntos los suficientes días como para poder apreciar la serenidad de su espíritu, el amor a su familia y la gratitud por todos los amigos que le habían acompañado en sus actividades.

Con su muerte creo que todos hemos perdido a una persona más dada a ayudar que a pedir ayuda y Galicia a un hombre entregado con todo su espíritu al estudio y difusión de su lengua e historia contemporánea.

Por mi parte, he perdido al hermano que tuve durante ocho años.