LUCAS TANNER

Lucas Tanner nos asombraba y divertía en la TV franquista cuando, con sus peculiares métodos pedagógicos, resolvía aquellos complejos problemas escolares por el año 1974.

Y llegó el curso 77-78 en el Instituto de Bachillerato Juan Montes.

A nuestro apodado Lucas Tanner, amén de compartir los peculiares métodos del personaje encarnado por David Hartman, le caracterizaban una eterna sonrisa socarrona, un rostro de cejas pobladas y penetrantes ojos azules, un hablar pausado y, especialmente, la atención que siempre prestaba a su interlocutor. Por aquella buena disposición y aquel interés sincero con que nos escuchaba y orientaba se había ganado su apodo, con el que, creo, se sentía muy complacido. ¿A qué persona podría molestar ser el “profesor estrella” de aquel COU (Curso de Orientación Universitaria)? Sus alumnos de Filosofía no lo olvidaremos jamás. A veces los recuerdos, el gran recuerdo que nos ha dejado, se parecen más a un sueño que a la realidad: nuestra relación con él efectivamente se asemejaba a un guión de serie o de película americana, de esas que siempre terminan bien.

Nuestro particular Lucas Tanner animaba el desarrollo de todas cuantas ideas se nos pasaran por nuestro efervescente cerebro juvenil: Proyecciones de cine, con películas conseguidas en la Embajada de Francia; interminables documentales sobre las florestas del país (chauvinismo en estado puro); una revista escolar, “O lobo beodo”, cuya portada inicial (la que más le gustó) representaba a un gallego durmiendo a la sombra de un manzano (tal que Newton) cuando le cae una manzana en la cabeza… Nuestro paisano, llevándose la mano al lugar donde había recibido el golpe, exclamaba: “Raio de Newton”, culpando al científico de la caída de la manzana. No era un buen chiste, porque se tardaba un poco en pillarle el punto. Pero era perfecto para un gallego con retranca como Manolo que sí era capaz de apreciar su especial punto humorístico.

Uno de los más significativos exponentes de su particular manera de agitar las mentes de aquellos aprendices de hombres y mujeres que éramos por aquel entonces se observaba cuando se transmutaba en la persona de la que hablaba y podíamos ver, perfectamente, cómo Platón nos contaba de primera mano todos sus pensamientos mientras paseaba. Para los que no estudiaron filosofía, ni asistieron a clase con Manolo, este recuerdo tiene un especial significado, pues la escuela en que impartía clase Platón era la de los Peripatéticos, donde el maestro paseaba con sus discípulos reflexionando sobre la vida.

Otro recurso pedagógico empleado para la mejor memorización de los contenidos consistía en la detallada explicación de las singularidades biográficas del filósofo de turno. “Cerrad los ojos. Escuchad: Empédocles era un griego nacido en Sicilia, en las proximidades del volcán Etna, en el año 495 a. de C. Contemporáneo de los filósofos denominados Presocráticos. Médico y político, bien situado socialmente y persona adinerada”. Hasta aquí todo normal. Ahora viene el “toque Regueiro”: “La leyenda acerca de su muerte por ascensión al cielo, se vio truncada por el hallazgo de sus exclusivas sandalias en las proximidades del volcán Etna, que hizo suponer que en vez de haber ascendido al cielo, en realidad se habría arrojado al volcán siciliano”.

Situémonos ahora en el momento del examen. Cuando la pregunta versaba sobre “el Pensamiento de Empédocles” la respuesta correcta esperada sería una prolija explicación sobre la teoría de los cuatro elementos: aire, agua, fuego y tierra. Puede imaginarse el alboroto producido entre nosotros durante la enunciación de la pregunta en el que se oía “el de las sandalias”. En aquel momento ya todos sabíamos qué era lo que había de particular sobre el bueno de Empédocles. No se me negará que, como método de identificación, como “pista para entendidos”, el recurso era excelente.

 

En otra ocasión nos permitió continuar una explicación jocosa y lúdica al haber tomado por asalto durante el recreo el encerado y la tarima para hacer una gracia acerca de los hermanos Marx: no se entendía a cuál de los hermanos había que estudiar pues parecía que se habían dedicado al humor y no a la filosofía. Tras el momento cómico nuestro Lucas Tanner procedió a la esperada explicación florida con “pista para entendidos”. La memorización de la filosofía política de Marx resultaba fácil y, en el examen, la respuesta salía de carrerilla.

En fin, para redondear el perfil de Lucas Tanner con el que bautizamos a Manolo, un recuerdo más: el del profesor dedicando esfuerzo y especial atención al único alumno que no lograba superar la materia. No he podido olvidar su preocupación y sus desvelos por esta persona. Modélicos.

Desde aquel lejano COU de finales de los setenta en el que recibí las lecciones de filosofía de Manolo Regueiro, todo cambió. A lo largo de mi vida he recibido consejos tanto de Heráclito como de Parménides. Gracias a Manolo. Y, gracias a Manolo, he estado discutiendo con Sócrates, con Aristóteles, con Marx y con los socialistas utópicos. Manolo me ha presentado a Engels, Hume, Tomás de Aquino, los empiristas y a Rousseau como amigos para siempre. En fin, gracias a Manolo mantengo alguna conversación con Hegel y Descartes y no me duelen prendas cuando me enfado, y mucho, con Nietzsche.

De aquel COU salimos un buen puñado de alumnos totalmente decididos a continuar con los estudios.Yo probé en Magisterio y posteriormente estudié enfermería, profesión que ahora ejerzo en la localidad de Burela. Hace bastantes años que no me prodigo por mi ciudad natal y, de mis compañeros, recuerdo más sus caras que sus nombres. Y aquellos ojos bien abiertos y sorprendidos como solo pueden sorprenderse los ojos de un joven ante personas tan carismáticas como nuestro querido Manolo.

En justicia, no podría sustraerme al homenaje que se merece una persona tan bella y tan importante en mi vida. Y he de añadir que continué el trato con el hombre del abrigo Loden verde que fue mi profesor de Filosofía cuando años más tarde tuve ocasión de relacionarme en el ámbito sanitario con su mujer, excelente persona y gran profesional. Durante muchos años hemos tenido encuentros ocasionales en los que hemos compartido las novedades de nuestras vidas.

Estoy seguro de que otros compañeros míos y suyos recuerdan aquellos años en el Instituto Juan Montes con verdadero cariño. Y estoy seguro también de que ese recuerdo cariñoso se debe en gran medida a la personalidad atractiva desde tantos puntos de vista de Manolo Regueiro.

Manolo, ya has llegado al mundo de las ideas de Platón donde todo es inmutable.

Que Dios te guarde. Nos veremos.