Desde aquí, desde Perbes, confinado en casa, puedo ver desde mi ventana, a pocos metros, la que fue casa natal de Manuel Regueiro, al que todos en mi familia conocíamos por Lolo o Manolo.
Rara era la vez en que pasase a visitar a su madre, la señora Josefa, que no viniese a hacernos una visita.
Cuando faltó su madre, seguía viniendo a cuidar de la casa, o simplemente a comprobar que todo estaba en orden.
No creo que pudiese venir de Lugo a su casa de Perbes sin pasarse también por la casa en que nació. Supongo que para él, más que una necesidad real de comprobar que todo estaba bien, era una necesidad vital.
Allí se encontraría con los recuerdos de su infancia. Una infancia de las de antes, sin televisión, sin Internet, pero con libros y con muchos hermanos como formas de entretenimiento.

Casa natal de Manolo en Perbes
Escribir estas líneas, además de una forma de agradecimiento por esas visitas y por ser una persona tan cercana y familiar, es una forma de recordarle y mitigar lo que se le echa en falta.
Normalmente llegaba antes Maite, que se sentaba en la cocina con mi madre, mientras Manolo se ocupaba de los quehaceres de su casa materna.
Cuando venía a buscarla, además de los saludos de rigor, siempre aportaba algo original a la conversación, alguna frase entre divertida e instructiva. Le gustaba hablar de anécdotas pasadas, especialmente si eran antiguas, eran divertidas y eran de Perbes.
Este era el tipo de conversación que solía tener con mi abuelo. A Manolo le gustaba recordar aquellas ocasiones en que ayudaba en los trabajos agrícolas que se hacían de forma comunitaria, como “a malla do trigo na casa do tío...”.
No recuerdo el nombre del tío, podía ser cualquier vecino, que en realidad no era tío suyo. En Perbes se le llamaba tío, o tía, a los vecinos de edad avanzada. Esta forma de referirse a los mayores, que no sé si se da en más lugares, me comentó Manolo que le parecía una costumbre muy bonita.
Yo creo que sentía cierto orgullo de haber nacido en Perbes, no porque tengamos una buena playa, sino por este ambiente vecinal tan familiar que recordaba de su infancia.
Para Manolo, mi abuelo era el tío Juan, y ambos se tenían afecto.
Poco después de la muerte de mi abuelo, Manolo me comentó su admiración sobre cierto rasgo de la personalidad de mi abuelo que a mí me resultó muy reconfortante y de cómo le gustaba conversar con él.
Tendría que haberle dicho que mi abuelo también le tenía una gran admiración, siempre me lo ponía como ejemplo a seguir, por lo aplicado que había sido en los estudios y por cómo venía de vacaciones y ayudaba en los trabajos de casa.
Tuve ocasión de conocerlo más en profundidad cuando estudiaba en Lugo, y me llevaban en su coche los domingos.
En esa época, su madre, la señora Josefa, pasaba la semana en Lugo con Maite y con él, y ese es otro rasgo que debo destacar, su compromiso como hijo con el bienestar de su madre durante la vejez.
Lo más llamativo para mí de la personalidad de Manolo, es a la vez lo más difícil de describir. Desprendía energía positiva, es decir, aunque lo que estuviese describiendo fuese una situación negativa, lo hacía desde una actitud positiva y optimista.
Y esto era más patente en los últimos tiempos, cuando la salud no le acompañaba. Yo no lo veía decaído, aunque lo estuviese físicamente, su actitud era una mezcla de realismo, resignación, esperanza y entereza.
Tuvo ocasión de viajar bastante, y aunque también hablaba de los lugares que había visitado o en los que había vivido, de lo que más le escuché hablar era de las personas que había conocido, de sus amistades. Casi siempre a través de alguna anécdota y sacando de ello alguna enseñanza.
Supongo que este apego a contar historias vendría de su conexión con la literatura, la cultura, los libros y la educación.
Por eso me parece magnífica la idea de que sean ahora sus amistades quienes cuenten historias y anécdotas de Manuel Regueiro, porque seguro que sacaremos de ellas muchas enseñanzas, que nos serán muy útiles en estos tiempos de confinamiento y pesimismo colectivo.