CARTA A UN AMIGO

Hola Manuel, entrañable amigo:

Hace unos días una persona vinculada a ti, al enterarse de nuestra amistad, se puso en contacto conmigo para informarme del homenaje que estaban preparándote y darme la oportunidad de sumarme al mismo.

Fue una llamada que me llenó de entusiasmo porque me permitía despedirme de ti plasmando algunas vivencias que compartimos y recordando tu calidad humana. Pero ahora que empiezo a escribir me preocupa pensar que, por muy bien que intente hacerlo, no seré capaz de estar a la altura de la circunstancia. ¿Cómo expresar con palabras aquella amistad y aquél tiempo que compartimos? ¿Cómo expresar la admiración que sentí por ti desde el primer momento? Solo los que te conocimos pueden comprender mis sentimientos.

Era a finales de los 70, creo que 1978, cuando coincidimos en el Instituto de Villalba. Yo ya estaba allí y tú llegaste como nuevo profesor y Director del Centro. No pasó mucho hasta que empezamos a relacionarnos como amigos y no solo como simples compañeros de trabajo, contigo era imposible no implicarse emocionalmente.

Maite y Julia

Formamos un pequeño grupo en el que estaban Manuel Felpete, Luis Mendaña, Mercedes López, Mercedes Taboada y Carmen F. Fontales. Enseguida la amistad se hizo extensiva a nuestros cónyuges y así la relación salió del Centro para hacerse más íntima y personal.

¿Cómo olvidar aquellas comidas que hacíamos en Lugo, en Cambre o en Villalba, dependiendo de la casa en que nos reuniéramos? No necesitábamos grandes excusas para hacerlo. Solo pensar en el buen rato que nos dispensaría el encuentro.

Solo un año trabajamos juntos, Manuel, pero fue uno de los más intensos e interesantes de toda mi vida laboral. Apoyados y animados por ti se organizaron, por primera vez en el instituto, actos que tuvieron gran repercusión a nivel cultural y fueron punto de partida y modelo para los realizados posteriormente.

Lo peor de aquel año fue saber que tú te irías y que en el siguiente curso nos faltaría un puntal muy importante en el grupo.

De todos modos nuestra amistad continuó y seguimos con las reuniones gastronómicas periódicas. Pero poco a poco fuimos dis­per­­sán­donos y dejamos de reunirnos. Dejamos de vernos, sí, pero no de recordarnos y, en la distancia, formar parte unos de la vida de los otros.

Profesorado do Instituto de Vilalba, nunha xuntanza

Fueron años muy buenos, Manuel, sabiéndote mi amigo y siendo tu amiga incondicional. Y un día, sin esperarlo, recibí un regalo tuyo. Era un libro en el que tú habías colaborado, y ese mismo día recibí la triste noticia de que nos habías dejado. No podía creerlo. Por la mañana la alegría de tener noticias tuyas, y a la tarde una nueva noticia, la más indeseada. Ni siquiera tenía la oportunidad de agradecerte el regalo.

¿Fueron coincidencias el haber compartido centro de trabajo y el haber congeniado? Creo que no. Que fue el destino que me permitió conocerte, tratarte y enriquecerme cada día con tu amistad.

Hoy puedo darte las gracias por todo, Manolo, y pedirte perdón por no saber expresar con intensidad todo lo que significas para mí. Y puedo seguir hablándote en presente como si aún estuvieras aquí porque las personas que, como tú, dejan tanta huella en aquellos que los rodearon, no se van nunca. Siempre están. Sigue con nosotros, Manuel, y nosotros contigo. Para ti todo mi cariño, para siempre.